Lo establecido

IMG_20200818_212901_294

¡Estamos listos! gritaron todos juntos y salieron del barrio que los vio nacer. Primero, fueron tres a la esquina, esa misma esquina donde jugaron juntos incontables veces a la pelota. A la media hora se juntaron más de veinte. Tenían entre sus manos arenosas los instrumentos del hambre. "Son tenedores" murmuraban en voz baja los vecinos. Sí, son tenedores. Alguno, más osado que otros, trajo entre su ropa un arma de fuego. Lo expulsaron, roja directa. ¡Esa no es nuestra lucha! Arrancaron rumbo al centro. Sus pasos acelerados embestían sin temor al viento, el barro debajo de sus suelas intentaba sin éxito detenerlos, advertirles del peligro. Las tripas apretadas les hundían la panza y el ruido no los dejaba pensar. Parecían potros amarrados contra un poste de luz. Arremetiendo con fuerzas a pesar del dolor. Van en silencio, agitando sus tenedores. Los otros, los de arriba, los dueños de la lija, les han redondeado las puntas. Para mostrarles, que comer es un privilegio.

Era invierno, casi de madrugada, lo recuerdo bien. Me encontraba ya a resguardo, abrigado, comido y seguro del otro lado del cristal junto al calor del bondi. Desde la ventanilla, que me daba la distancia necesaria para verlos, sin sentir todo eso, podía imaginarlo. Recuerdo, como si fuera hoy la angustia en mi pecho, el aire me faltaba y los ojos se cargaron de lágrimas. No pude llorar. Los chicos quedaron atrás, muy lejos en el camino y en mi memoria, hasta hoy, que sentado en la comodidad de mi sillón vi en las noticias a unos niños alzarse con sus tenedores blancos. Destrozaron un supermercado. Se llevaron todo. Corrían ágiles entre los pasillos, mientras un chino en la azotea amenazaba con suicidarse. Indudablemente eran los mismos.

Seudo periodistas analizan la pobreza. Apago la tele. ¿Dónde deje mi tenedor? ¿Dónde estará?

Cuento y arte por Ariel Boiola