Lo que la pandemia nos dejó

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La autogestión y la solidaridad serán dos herramientas esenciales para la reconstrucción del maravilloso mundo del teatro alternativo, pero para pensar en el Día después, es bueno hacer un sintético análisis de un mal que lo viene aquejando hace ya tiempo y que la maldita peste exacerbó.

Por Alfredo Bracaccini

El teatro independiente es, sin ninguna duda, una de las expresiones más significativas de nuestra cultura popular. Alguna vez  fue el termómetro de sentimientos y preocupaciones de la comunidad. El espacio para transmitir sus reclamos y poner en evidencia las angustias y necesidades de la población.

Para  lograr su cometido, fue necesario que existieran autores, directores y sobre todos intérpretes que hicieran honor a los contenidos y expresaran idóneamente esas ideas.

Desde el tiempo de los grupos de teatro comprometidos ideológicamente y con el teatro como elemento de difusión.

Con los míticos teatros independientes que lucharon para exponer y exponerse, al hacer públicas sus ideas. A medida que se sucedían cambios de gobierno, con golpes de estado y dictaduras mediante, se ha ido produciendo gradualmente, un vaciamiento en los contenidos de las propuestas del teatro independiente.

Mientras muchos de los maestros del teatro, fueron haciéndose mayores o falleciendo y sus lugares en muchos casos, no pudieron ser reemplazados.

El desinterés, salvo honrosas excepciones, de generar grupos de trabajo, donde el quehacer teatral sea la excusa para lograr trascender una propuesta cultural, puede ser una de las causas de fondo. Tal vez, la explosión de aspirantes a ser actores, haya atomizado y banalizado los valores y esencia de la enseñanza misma.

Profesores sin la suficiente capacidad, puede ser otra de las causas de este exagerado número de candidatos a  actores, a los que le falta, como mínimo, un golpe más de horno.

Siendo Bs.As, una de las ciudades con más teatros del mundo, la paradoja es que el teatro independiente, naufraga, coqueteando con el fracaso. Ya que existen muchas salas, pero con poco público cada una.

En los últimos años, además, se encarecieron sustanciales los costos de los servicios

básicos, como la electricidad, el agua y el gas. La suba de los impuestos correspondientes y la indexación de los alquileres colaboraron para hacer aún más complicada la situación. Este panorama condicionó más que el mismísimo Torquemada, a los contenidos y las formas de llevar adelante, una sala teatral alternativa.

Repasando  las carteleras de los innumerables espacios que existen en Buenos Aires, brillan por su ausencia las propuestas comprometidas. Encontramos panfletarias obras nuevas, pero con olor a naftalina en su discurso, laberínticas piezas de una intelectualidad forzada, musicales desafinados y otras calamidades similares, que colaboran para que el nivel de teatro alternativo, siga decayendo.

Los shows de Stand Up, donde, en muchos casos, cualquiera sube a un escenario a decir cualquier pavada y se considera actor/actriz.

El individualismo que se pone de manifiesto en autores y directores, a los que solo les interesa exhibir su obra, desconociendo lo que rodea y puede generar un hecho cultural, seguramente también debe tener algo que ver.

 No sé si no ha sido un perverso y genial plan de vaciamiento cultural, expresamente diseñado, para acallar las voces de nuestro teatro independiente, quitándole fuerza como movimiento representativo de la cultura popular. Pero lo cierto es que todos estos ingredientes lograron transformar lo que antes era una tribuna de opinión, donde se ofrecían propuestas de buen nivel y respeto por el buen teatro, en un híbrido y confuso coctel, con más ruidos que nueces, sin mucho sabor ni identidad.

Y tengo la sospecha, que nada es casualidad.