Los muchachos de antes no usaban arsénico

Por Rocío Eliges

Remitiendo a la joya mítica de Manuel Romero y al tango homónimo, Los muchachos de antes no usaban gomina, esta exquisita película de José Martínez Suárez califica en el top 5 de las mejores y más subestimadas películas argentinas de todos los tiempos.

Tal vez tenga que ver con el año de su estreno, 1976, la razón por la que no es dueña de la gloria que merece, pero sin duda alguna los amantes de Alex de la Iglesia, por dar un ejemplo de eminencia en el “humor negro”, observarán que esta obra no tiene que envidiarle, y probablemente hasta pueda ubicársela en la genealogía del estilo en el que años más tarde hiciera escuela el director español.

Protagonizada por, quizás, cuatro de las mayores figuras de nuestra filmografía: Narciso Ibáñez Menta como Norberto, Mecha Ortiz como Mara, Arturo García Buhr como Pedro, esposo de Mara y Mario Soffici como Martín (sí, además de ser un gran director, supo actuar en varias películas propias y ajenas), y con una actuación sobresaliente de Bárbara Mujica en el papel de Laura, la más joven del elenco.

La historia trata sobre una pareja y dos amigos que viven juntos en una mansión. El personaje de Mecha Ortiz (la dueña) la quiere vender y los tres hombres se rehúsan. Estos son los únicos actores en toda la película, lo que nos da desde un principio la pauta de que se desenvolverá en un clima de encierro y claustrofobia en el que, como bien dice el director en un reciente reportaje en el programa de tv Filmoteca:”el universo eran ellos”. 

Esto puede rápidamente relacionarse con el clima de época, de reclusión, encierro y opresión. De hecho, la palabra “desaparecido” se usa más de una vez en la película, dentro de las tantas referencias y guiños que pueden encontrarse en la misma. En seguida uno puede percibir que el personaje de Mecha Ortiz, Mara Ordaz, es preso de su pasado y del dominio de los tres hombres de la casa. Es muy fuerte la presencia de la nostalgia, sentimiento que se ve encarnado en Mara, quien fue una gran actriz pero, ya en el ocaso de su vida, se siente olvidada. De hecho el tango al cual esta película debe su nombre recita “¿te acordás, hermano, qué tiempos aquellos?”, frase que podría fácilmente salir de la boca de Mara Ordaz mientras observa sus antiguas películas entre lágrimas.

Por ejemplo, otra marca notable de este mundo melancólico es la joven agente inmobiliaria, Laura, que recita textualmente “yo soy solo el instrumento del mundo que cambia”, y es exactamente contra ella, contra el cambio, la lucha que libran los tres amigos. Ella también es la figura de la nueva mujer, que puede hablar con los hombres como una par, y que hace de “puente” entre Mara y los tres hombres. Ella es quien puede liberarla de su sumisión. El aspecto más atrayente de este film tal vez no sea la historia en sí, si no el conjunto de situaciones que propician un clima de suspenso y tensión constantes. El trabajo de guión en este sentido es impecable, ya que cada mínima acción da cuenta del nivel de perversión de todos los personajes, empezando por una inocente charla entre los personajes de Narciso Ibáñez Menta (genio del terror) y Mario Soffici, mientras el primero desolla un conejo; o el fallido intento de ahuyentar a la corredora de bienes raíces con una tarántula, mascota de Norberto, a la cual Laura aniquila de un zapatazo sin ningún tipo de miramiento.

En la entrevista antes mencionada al director, éste aclara que muchas de estas acciones eran desarrolladas por los mismos actores, expertos en su campo, las cuales enriquecieron de manera suprema al film. La dirección de arte también es maravillosa en este aspecto, ya que todos los escenarios juegan con la idea de haber sido en algún momento lujosos y hermosos, pero ahora el paso del tiempo los ha corroído y llevado a menos, como a los personajes mismos. Otro detalle que complementa y termina de dar forma a esta orquestación de “pequeños horrores” son las imágenes utilizadas de transición entre escenas, en las que se observa a animales atacando y comiendo a otros animales, como ratas y pájaros, y se escucha un silbido que funciona de leitmotiv para los momentos más siniestros, los cuales suelen resultar los más graciosos también por el tono de esta película.

Resulta complejo intentar abordar como una totalidad esta obra, porque a pesar de contar una historia de una manera bastante convencional (es decir, tiene una introducción, un problema y un desenlace) el modo en que se cuenta encierra un sinfín de temáticas alternas que pueden encontrarse al ojo más atento. Tal vez una de las más notorias, y que tiene que ver con la psicología de los personajes y con la de los actores que los interpretan, es la de las estrellas en su decadencia. En la decadencia de los seres humanos en sí. En lo que ocurre con las personas cuando llegan a una cierta edad en la que el sistema considera que ya no son productivos, y caen en un olvido y sinsentido difícil de sobrellevar. Este tema es una constante en la película y también es uno de los temores más profundos del ser humano. Porque, si envejecer no significara pasar al olvido en vida y a una especie de “reclusión”, tal vez no nos resultaría tan atemorizante la idea. Esto es, en parte, lo que les ocurre a los protagonistas: Mara intenta aceptar que sus días de gloria como actriz han terminado, y al mismo tiempo quiere vivir más cerca de la ciudad para sentir la esperanza de ser recordada y “resucitada” en algún momento, y al mismo tiempo Norberto, Martín y Pedro sienten que su convivencia es lo que los mantiene activos y “vigentes”, pero ven a sus pares (amigos que viven en La Casa del Teatro) en una absoluta desidia, y ese es el futuro que pueden encontrar en la ciudad, separados.

Y es aquí que uno, como espectador, entra en conflicto. Porque podemos entender la situación de todos ellos. Entendemos tanto la depresión de Mara como el temor y el rechazo de Norberto, Martín y Pedro. Y tal vez en este punto se encuentre lo tan oscuro y siniestro de este film, más allá de la trama principal, es la lucha de estas cuatro personas por pasar de la manera más digna posible sus últimos años de vida, en un mundo que intenta desecharlos. Es ese el sabor amargo que uno siente, después del gran rato de entretenimiento. Lo que pasa con la mayoría de las buenas comedias, en realidad, porque ¿para qué sirve la comedia si no es para tratar las cosas sobre las que más nos cuesta hablar?.

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