Los reyes del Once

Una luz titila en una gran terraza. La ropa colgada de la soga se mece como hojas que vuelan en el viento de otoño.

En la esquina de la gran terraza se escuchan discusiones entre tranzas y wachines. Vuelan botellazos.

El pizzero de la misma esquina los observa como si fueran personajes de una novela costumbrista.

La yuta pasa por la esquina con su patrullero represivo. Los ignora. Sigue su rumbo hacia la avenida más cercana.

Podría ser cualquier barrio de la capital. O tal vez, un barrio del conurbano. Pero no. No es cualquier barrio de la capital. No es un barrio del conurbano. Es Once.

Once. Ese barrio porteño que no parece barrio. Ese barrio que tiene nombre de estación de tren. Ese barrio que de día ebulle de desconocidos que pululan por sus callen en busca de precios mayoristas. Ese barrio lleno de negocios que mueren al atardecer.

Los transas. Los wachines. La yuta. Ellos también  están ahí de día. Pero nadie los ve. A nadie les importa. Se mimetizan con las vidrieras de los negocios de telas. Con algún McDonald's. O con un intento de café palermitano en el corazón de la monada.

Los transeúntes apresurados los esquivan como si fueran adoquines sin sentido de la urbanización modernosa de algún urbanista zen.

Pero la noche cae en Once. Y allí, los aullidos de sus figuras olvidadas en el día se adueñan del barrio.

Ellos, los verdaderos reyes del once, dejan que los incrédulos transeúntes jueguen en sus tierras de día. A la espera de que algún desprevenido transeúnte diurno quede varado en su noche para ser devorado por su eterna verdad.

Por Alejandro Cantisani

 

 

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