Mamá no está

mama no esta toma 1

Mamá no está

me dejó sola al borde

del agua.

 

Giro como un pez-niña

no son parásitos internos, adentro

crece un mundo impenetrable

ambiguo sensual, no importa

qué pueda pasarle al cuerpo que traigo

a partir de ahora.

 

La picazón del sol trepa

la curva del muslo que reluce

entre las horas caídas encima

 

es verano.

 

Me quedo quieta

o me muevo como el agua

para los ojos no vistos

detrás de la nuca o las cortinas

el gruñido animal que sostiene

la escena inicial

en el interior de la casa.

 

Hay una trampa para ratones

en la punta del helado de agua

frutillas en el fondo de la pileta

tan azul, la piel de perla

la suavidad de mi crin al sol.

 

Bajo en vertical a buscar mis tesoros

las monedas vencidas, aguanto sin aire

las plantas de los pies se arrugan

la costura del sexo enrojece

la frutilla en los labios se abre.

 

¿Hombre o mujer?

Ninguno.

Sirena, mirada, agujero

niña desalmada.

 

Cuando estoy por caer

en la boca del lobo otra vez

vuelvo a escuchar la voz de mamá

su risa detrás de la puerta

y la luz hiriente de las monedas

arrojadas sobre la mesa

me ciega, me regresa al vientre.

 

Yo me repliego en mi carne

embrionaria, carente de historia

y escribo un cuento de los que se atreven

a contar sin pelos en la lengua

lo que no se puede decir

lo que está prohibido.

 

del poemario El vientre del lobo [un cuento oscuro] (2020, Tanta Ceniza) de Melisa Mauriño
arte (óleo sobre madera) por Rocío Varejao