Maní fiesto

Verse en el espejo
para espejarse en el verso
tomar literalmente cada calle
cada avenida, cada palabra.
Ser el jarro vacío y verterse.
Ser el cero y completarse.
Subvertirse en el lenguaje.
Ser travesti de cada género.
Inventarse a uno mismo.
Revestirse de anzuelos.

Ser anacrónico en el relato
e incoherente en los procesos.
Que cada palabra venga sin pausa
aunque haya comas, aunque haya tiempo.

Adentrarse en el relato sin amedrentarse.
Sin reparo. Sin revuelo,
revolver de la olla del diccionario
y tomar lo que venga en suerte
para sumarlo al puchero.
Si al fin y al cabo todo el idioma se come
se unifica, se vuelve trueno.

¿Faltar el respeto? Sí. Siempre al lector. Nunca al texto.
Ser textual, gesticular, gestar ideas, inventar proverbios.
Utilizar cualquier recurso que sea necesario
porque si hace falta es válido. Y si funciona vale la pena.
Cobra sentido ser irracional y usar frases sin freno.

Despojarse de toda atadura,
para encontrar la tensión que el poema necesita.
Verter versos como vasos de agua
para que purifiquen cualquier escena.
Tomar ideas de cualquier parte y depositarlas en cualquier capítulo.

Desdramatizar el orden dramático. Conjugarlo como un juego.
Narrar, torrar, despertarse. Y seguir aun en el mismo cuento.

Contar con todas las armas, para hacer paz o para hacer guerra.
Germinar una idea de paz que pulverice la mente de los que la entiendan.
Formar parte de algo mas grande que uno, si se puede, ser parte.

Apartar cualquier mal viaje, mal pensamiento-mal parido.
Aportar a la causa común, comunicar el aporte revelado.
Reportar cualquier falla, cualquier falencia, para que pueda ser remediada.

Remendar las voces afónicas que quedaron afuera de la historia.
Acrecentar el tumulto de la muchedumbre y los alaridos de la histeria.
Que la reseña no cuente sólo lo ocurrido,
sino también lo que pudo haber sido
o lo que no tiene sentido que suceda. 

Seducir las palabras para que éstas vengan como quimeras.
Quemar los manuscritos. Traducirlos a lenguas muertas.
Moler adjetivos hasta formar una pasta, que recubra toda la obra
hasta volverla tremenda.

Tartamudear si hace falta, contar más de la cuenta.
No encontrar la palabra precisa. Precisar sin ninguna certeza.
Ser certero en el mensaje, mas no manipular la flecha.

Unificar criterios, ser críticos y únicos. Ser relevantes. No ser discretos.
Reavivar la llama del odio. Que no todo poema es amor.
(que no todo poema es amor)

Ser cartero de un mensaje. No ser carterista de lo obvio.
No abusar de lugares comunes.
Ser tan común como el amor y el odio.

Ser vulgar, balbucear, hurgar cada episodio.
Asumir la lengua como otro órgano; hacerlo orgánico.
Superar la agonía; hacerlo orgásmico.
Organizar la batalla. Ser conciente de la pelea.
Cada palabra dice, pero además, se expresa.

Ser tajante y no ambiguo. Ser punzante y no mimoso,
la palabra bien usada es un machete
para ser empuñado gozoso.

Gozar de la voz lírica y extasiarse hasta el vómito,
sentir vibrar nuestras tripas y el reflujo subir glorioso.
Que cada letra sea verborragia y nos produzca hemorragias internas.
Que sea tan fuerte la pulsión por escribir
que la mano se vuelva herramienta.

Ser monstruosos. Megalómanos. Fomentar nuestros defectos.
Fornicar en un pie de página.
Humedecer la lengua entre verso y verso.
Sentir la textura del papel,
excitar la mano, extasiar la hoja.
Formar figuras con delirios y siempre tomar nota.

Tener un cuaderno siempre a mano
y una birome que le de forma.

Fomentar el deseo y la dicotomía
entre narrar y ser parte de la historia.

Por Rolando Curten

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