Manual para entender a un porteño

Por José Saralegui
Arte por Nair Farina

Quiero hablarles de alguien que me interesa por demás, contarles cosas de él, de su vida y de cómo lo veo. También algo, por qué no, de cómo hice con el tiempo, para llegar a entenderlo. Porque no es fácil ¿eh? Pero créame que se puede.

El porteño se apura, porque tiene que llegar. Porque se le hace tarde, porque el tránsito lo apremia, porque está acostumbrado a apurarse. Baja las escaleras para tomar al subte como si estuviera destinado a quebrar el récord de Usain Bolt, o como si no hubiera un mañana. Llega al andén con la pasión de quien mete Derecho en dos años, con la urgencia de una ambulancia que recién arranca, como si fuera la última oportunidad que le da la vida y como si no viniera otro tren en 3 a 6 minutos. Si, leyó bien, eso es lo que normalmente tarda en venir el siguiente. No nació en un lugar donde uno espera 50 minutos la letra D de la línea pirulo que es la única que te deja, luego de una hora de viaje, a 8 cuadras de lo de tu tía, estando en la misma ciudad. Es por ello que cuando “el servicio opera con demoras”, que suelen arrancar en los diez minutos, hay que ver cómo se ponen. Hay una regla climatológica que dice que cada 100 metros que se ascienden en una montaña, la temperatura disminuye un grado. Bueno, en el caso de dicho individuo, por cada minuto de retraso aumentan los latidos en una decena, llegando a manifestar otro tipo de síntomas y signos como irritabilidad, hastío, resoplidos intensos, sudoración, imprecaciones varias; conocido como síndrome de pseudo Tourette o del enojo al pedo.

El porteño, de hecho, inventó el carril rápido en la escalera mecánica. Esto es maravilloso. En lo que debería constituir un momento de relax, porque para eso existe este aparato, para no esforzarse, para los que no pueden usar la no mecánica, ahí está él, utilizándola como instrumento de un aún mayor acelere. Este es el razonamiento: “si yo voy por la vía que por defecto avanza, y a eso le sumo mi máxima velocidad, soy imbatible, así que perdón si lo choco, pero merezco llegar a horario con tanto esfuerzo”. Porque otra cosa, para el porteño la prioridad es del que primero arremete, nada del que viene por la derecha o qué se yo cuánto. Me mandé, tuve voluntad, pues me gané el puesto, acá estoy yo, los demás, atrás por favor.

El porteño del que les hablo conoce todo, no le falta nada, ya la vivió o tenía en mente hacer eso mismo que le están contando, por lo que comenta lo que surja. Y cuando no sabe nada del tema, dedica al menos 20-30 segundos a desarrollar un pensamiento que describa su ignorancia con una muy poco graciosa jocosidad.

Este porteño, atentos con esto, se ríe de las tonadas de las provincias, y pierde el hilo de lo que se le dice si el interlocutor no habla como él, o sea, normal. "Perdoname, pero con ese cantito se me hace muy difícil creer que estas enojado. Sé que es serio lo que decís, pero es imposible, hermano, no te jodo". Y es entendible, o no, pero bueno.

Se enoja mucho si va en bicicleta y un turista no le respeta la bicisenda, que para eso está, pero qué diablos va a saber el turista lo que es una bicisenda, si en su ciudad no son tan bestias con las bicis, ni tampoco con los autos, como para necesitar un carril aparte. En Bs. As. se respetan mucho más las normas, pero claro, si te atreves a mandar cuando tu semáforo está justo terminando su turno, suerte, porque lo más probable es que te pisen, aunque hagan a tiempo a frenar. Para que aprendas.

El porteño este se enoja si uno no sabe que llegando a Lavalle doblás a la izquierda y a media cuadra esta la librería por la que le preguntaste. Y si no entendiste jodete, porque él te dijo bien clarito que era dos cuadras después de tal otra calle. La culpa es tuya por no conocer Lavalle.

No soporta el silencio, es parte de algo a lo que llama campo. Y este es un concepto por demás amplio. De hecho, todo lo que trasciende la Gral. Paz, para él se llama así. Ama hacer chistes sobre si llegó el asfalto, o el teléfono, o cualquier otra cosa propia de la modernidad contemporánea a dicha broma. Como si algo de lo que él hiciera contribuyese a la modernidad que lo inunda. Él sólo nació ahí, no aportó absolutamente nada a esa polis, de hecho, quizás atienda una verdulería, pero ahí está, delimitando tu identidad de acuerdo a tu código postal, brillante.

Tiene necesidades que a otros ni se les ocurriría tener. Le encanta por ejemplo, poder comprarse una pizza a las 3 de la mañana o un tomate para su ensalada a las 22.30. Porque le enseñaron que todo lo que necesita es una urgencia. Es como un nene caprichoso al que le hicieron creer que puede tener lo que quiera. Porque este porteño no es un actor secundario, no es un extra, a él le dijeron bien clarito que era el protagonista del país, su historia es la más importante, y por ende, a quien más hay que cumplirle. Eso es Buenos Aires, papá, en otro lado está todo muerto a las nueve de la noche, y uno así no puede vivir, pero bueno, son así en el interior ¿viste?

No le molesta el amontonamiento, que lo choquen, ni la orquesta de bocinas y ambulancias que ambienta cualquier avenida, es el costo de la amplia oferta cultural y gastronómica de la que por suerte pueden disfrutar. Y también claro, de poder cumplir el sueño de tener el trabajo ideal. O de tener uno cualquiera, capaz que el mismo que usted en Chivilcoy. Pero ahí se vive bien, siempre hay algo para hacer. No se está desolado, aunque no se conozca la cara de los otros tres vecinos del piso.

Al porteño este como le decía, le hicieron creer que era el protagonista, que se trataba todo de su historia, porque lo atomizaron, porque la comunidad es tan grande y diversa que ya no hay sentido de comunidad. Porque Dios atiende en Buenos Aires. Y porque ellos pagan el ABL y demás impuestos (¿que no sabés lo que el ABL? Nah). Porque los actores viven a unas cuadras. Porque el noticiero nacional es para ellos el noticiero local. Porque ellos son el centro. Por eso van chocando gente por la vida. Como si no hubiera otra forma posible, hay que hacerse valer, porque si no te pasan por arriba. Para ellos saludar a los vecinos, al quiosquero, al verdulero, incluso al chofer del Uber aunque no haya, es de campo.

Y este porteño que les digo digo hace fila, para esperar ordenado, para saber la prioridad de quién paga primero la luz, para subir al bondi, para sacar la entrada del recital, para hacer fila. Y hay que ver cómo se enoja cuando va a a provincia y todos esperan el colectivo en cualquier lado. Cómo le gustaría ordenar ese mamarracho.

Bien, voy a confesarle algo, a veces lo entiendo, de verdad. ¿Por qué toma un subte por una sola estación? ¿Por qué se desespera por agarrar la escalera mecánica? ¿Por qué es capaz de entrar a un shopping para tener un poco de fresco? Porque en medio de tanto hastío encubierto, de tanto pasarla mal, esa escalera, o ese bondi con aire acondicionado en enero, son la única bocanada de aire en una existencia en el infierno. Esos momentos son cuando disfruta, son un descanso en la escalera de la locura. Son lo que hay.

Este porteño es así, y si es insoportable es porque, aunque no lo haga consciente, a veces no se soporta ni a sí mismo. Ni a la ciudad. Porque es quejoso, porque le enseñaron a defender lo suyo, a veces de más, porque a veces no es siquiera suyo. Como cuando te dicen que la cola del cajero automático se suele hacer "para este lado" y, aunque ya estén todos organizados, hay que escuchar al vecino que viene con la verdad, y mover toda la fila para la otra punta. Y uno piensa, ¿para qué diablos nos vamos a mover si estamos bárbaro?

Así es la cosa, dijo Barbosa. Y ya terminando pero antes de que se me indigne si es que es porteño y aún sigue ahí, aunque haya estado enumerando internamente las innumerables razones por las que no cambia a Baires por nada, permítame remarcarle, por más de que sea obvio, que este es un manual para entender a un porteño, ¿sí? A uno, no a todos. A uno que se llama Aníbal. Que vive en Boedo, un gran amigo. No me diga que se apresuró a juzgar. ¿Pensó que englobaba a todos? Pero no, por favor. Vamos, que hay de todo en la viña del Señor, no sea así, che, no generalice, es tan típico de Aníbal, por no decir de... bueh, dejémoslo ahí.

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