Más azules, cada vez

Mas azules cada vez

—¡El zorro!

—¡Thundercats!

—¡Los cuatro fantásticos!

Julián cayó al suelo en medio de una mancha televisión. Rita, que estaba a punto de atraparlo, tuvo que parar la corrida como esos autos que intentan detenerse en una calle húmeda. Timo se agarró la cabeza. El cielo estaba clarísimo y Julián no volvió a despertarse nunca más, nunca más después de morirse.

Rita se puso a estirarle el brazo buscando despegarlo del suelo. Le pareció raro, pensó que Julián no estaba tan gordo como lo sentía y después de algunos intentos resbaló. Tenía las mejillas al vapor y se quedó en el piso. Todavía faltaba mucho para cortar la torta.

—Uf, pero qué calor —dijo.

—El agua la tiene la del kiosco de atrás de la cancha —respondió Timo.

—Juli, ¿te golpeaste? —Rita se subía las medias transpiradas. Julián no contestó.

—Se quedó sordo, seguro.

—¿Por caerse?

—Sí, hace como mucho tiempo le pasó a mi primo.

Timo se acercó a Julián y con el pie le movió una mano que cayó como un pescado desde su espalda.

—¿Quién es la mancha después? —le preguntó a Rita.

—Él, yo ya lo tocaba justo, ¿Y a tu primo esto se le pasó rápido?

—No sé, es diferente. Marcos se movía.

Timo quiso girarlo para arriba y no pudo. Después los dos se miraron y esperaron. Rita, al calor, floreció. Timo se rascó una uña. Julián estaba más muerto que nunca.

De repente, llegó Lili, la prima de la cumpleañera, dos años mayor que ellos. Lili parecía de otro mundo y aunque todos los padres decían que la cuestión era rarísima, ya usaba corpiño.

—Ey, ¿qué hacen? —dijo masticando tres chicles que nunca se pegaban, formando helicoides complicadísimos dentro de su boca. Cuando Rita la vio se puso colorada pero diferente.

—Uy, hola, Lili. Nada, es Julián. Dice Timo que parece que se quedó sordo.

—Sí, se cayó —dijo él.

Lili se rió.

—¿Sordo? A ver —pegó entonces su cara a la de Julián, que pese al buen clima ya comenzaba a palidecer.

Rita y Timo la miraban atentos. Empezó gritándole en la oreja con muchísima fuerza. Después respiró muy hondo frotándole la nariz contra el pelo sucio. Timo vio que Lili estaba cerquísima de Julián, tan cerca que no pudo mirar más y le dieron ganas de hacer pis, pero con la panza vacía. Al final le abrió los ojos, que parecían ya dos piedritas, y sopló dentro de cada uno. Rita intuyó que algo andaba mal y se acercó a Timo; le iba a decir algo cuando Lili se paró.

—Bueno —dijo mientras se sacudía algo de tierra de las manos—. No está sordo. Este chico está muerto.

El silencio duró un suspiro. 

—¿Y cómo hizo para estar muerto? —preguntó Rita.

—Seguro se le llenó de aire el corazón porque respiró muy rápido— respondió Timo—. Bueno, ¿y ahora? ¿Volvemos y avisamos?

—¿A quién? —respondió Lili con voz fuerte—. ¡No volvemos nada, ahora hay que hacer un velorio!

Timo y Rita la miraron sin entender.

—Un velorio es para regalarle cosas al que se murió y para hablar con él. Hay gente que lleva plata o empanadas para regalar. Lo que se te sale llorando lo metés comiendo y así se siente menos.

No dijeron nada.

—Bueno, ¿qué miran? ¿Qué van a regalarle? ¡Chau, no vale copiarse!

Entonces se separaron. Rita se puso a pensar en lo difícil que era hacerle un regalo a un chico muerto y encima sin copiarse. Caminó mucho tiempo y se alejó.

Cerca del final del camino encontró un diente de león. Pensó en arrancarlo y soplarlo sobre la cabeza de Julián. Se lo imaginaba descansando entre los hilos de esta flor cuando un sonido raro la interrumpió. Un pájaro. Rita saltó de la alegría y se atropelló con su cabeza: ¡Ese era el regalo para su amigo muerto! Un pájaro, y uno que pueda cantar. Se puso a pensar; quizás haría tiempo en enseñarle alguna canción en el camino de vuelta. Seguro Lili la envidiaría cuando llegara con un pájaro en la mano. Después sería para siempre su invitada a jugar en cada recreo, y en el baño le enseñaría cómo usar corpiño sacándole primero de a pedacitos la remera. Rita sonrió redonda como un tomate.

El pájaro seguía cantando y ella avanzaba. Los árboles se hacían enormes y más azules cada vez. Escuchaba una única nota que insistía, constante; no respiraba. Iba tras ella. 

Después de un tiempo sintió ganas de parar. Se miró las zapatillas y pensó de dónde había salido ese barro. El canto se había detenido hacía rato. El sol no era el mismo, ya no le quemaba la piel. Se encontró con sus manos, probó tocar su propia cara. No pudo. Intentó adivinar el recorrido de sus pasos, pero por todas partes veía lo mismo.

 Se preguntó entonces si Timo habría caminado hacia los alambrados o si estaría tras de ella. Pensó que si la había seguido, sabía cómo sorprenderlo. Contó hasta tres para adentro, preparó una sonrisa y de un salto se dio vuelta.

—¡Te vi!

 Pero detrás de Rita ya solo soplaba una brisa anónima.

 

Por Emanuel Galante
Ilustración por Andrés Correa

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