Música disco siempre

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Por Mariano Pereyra

Ascenso y estrellato

Resulta algo alocado imaginar que sólo un mayor uso del hi-hat de una batería, la de ni más ni menos que Earl Young, habría de dejar una marca indeleble en la música popular que perduraría por más de cuarenta años hasta la actualidad. Aquel patrón rítmico, Four to the floor, proveería a compositores del mundo el ingrediente principal para la creación de esa música bailable.

Durante la primera mitad de la década de 1970 la música disco comenzó a emitir señales de vida, como descendiente directo del funk y el soul. Iniciada la segunda mitad, su incipiente existencia fue tomando forma para luego acaparar la atención mundial, y lograr asentarse como un estilo rítmico en sí mismo.

A partir de 1975, se incrementó su prominencia; bandas como Kool & the Gang o Earth, Wind And Fire, quienes comenzaron sus carreras fusionando el soul, el funk y el jazz, ahora exploraban el nuevo ritmo popular que naturalmente les pertenecía; todavía era cosa de negros. Los hits del inconfundible Barry White empezaban a asomarse, y la música disco disponía de sus principales armas: cuerdas y una buena sección de vientos. Estaba lista para ingresar al mainstream.

Pocas bandas blancas se atrevían a incursionarla, alcanzando la masividad, y aún menor cantidad lo hacía con maestría. KC and The Sunshine Band fue una de las primeras agrupaciones (con un líder blanco) que alcanzó el éxito inmediato y un dominio exquisito del género.  Para 1977 la música dance estaba consolidada; más de la mitad de los sencillos que lograban alcanzar la máxima posición de las listas de éxitos eran de música disco, en las estaciones radiales negras no se escuchaba otra cosa, y las discotecas vivían un momento de esplendor; pero no fue hasta finales de ese año que se convirtió en un fenómeno mundial, gracias a la película Saturday Night Fever, dirigida por   cuyo protagonista fue John Travolta y su pilar la música disco. El largometraje documentaba la realidad juvenil de aquella época (y de siempre): la ansiada llegada del fin de semana, para olvidar, por un instante, los problemas del día a día y encerrarse por horas bailando en alguna discoteca hasta que la música dejara de sonar. Icónica es su primera escena donde aparece un primer plano de unos elegantes zapatos, caminando al compás de Stayin' Alive, ni más ni menos que los de Travolta, vistiendo una campera de cuero y sosteniendo una lata de pintura, ridículamente genial. La música disco estaba despegando hacia lo más alto de la música popular.

La película batió récords de audiencia; le valió una nominación al Oscar a Travolta a mejor actor, siendo su debut protagónico, y ayudó a colocar a la música disco como eje central del pop de aquel entonces. Además de una nominación a los Bee Gees (autores de la mayoría de las canciones de la banda sonora) a mejor canción por How Deep Is Your Love. El soundtrack fue sensación a escala global, vendiendo sólo en E.E.U.U. un millón de copias por semana. Se mantuvo en el puesto Nº1 de las listas de éxitos por medio año, logrando que los tres sencillos interpretados por los hermanos Gibb (Stayin' Alive, How Deep Is Your Love & Night Fever) lograran todos el puesto Nº1, convirtiéndolos inevitablemente en la cara visible del género. El disco llegó a ser el más vendido de la historia hasta ese entonces, superando a Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles, hasta la llegada de Thriller de Michael Jackson, en 1982. Aún hoy es la banda sonora más vendida en la historia de la música pop.

La subcultura de los clubes bailables tomó visibilidad gracias al film, y Studio 54 fue el epicentro de la noche mundial. Ubicado en el corazón de Manhattan, se convirtió en la discoteca por excelencia del jet set. Fue un vivo testimonio de la fiebre disco: los rollers, la bola de espejos, la espuma, las drogas, y la libertad sexual. El establecimiento atraía a la variedad más amplia de celebridades: Salvador Dalí, Truman Capote, Andy Warhol (habitué del lugar) y hasta el reconocido pianista ruso Vladimir Horowitz, entre tantos artistas y personajes que fueron fotografiados en el interior de la disco.

Durante 1977 y 1980, incontables bandas que ya tenían historia en el pop se volcaron a este ritmo que cautivaba oídos y pies alrededor del mundo: Paul McCartney (junto con su banda Wings), Yoko Ono, Queen, The Rolling Stones, ELO, Barbra Streisand, Ian Dury, Pink Floyd, Kiss, David Bowie, Bob Marley, Rod Stewart, The Beach Boys, músicos de jazz como George Benson o Herb Alpert hicieron de las suyas, también, con la música bailable. Y hasta lo impensado en bandas que, quizás, eran la antítesis de estos sonidos, como por ejemplo Blondie, decidieron probar suerte con resultados más que óptimos.

Como si esto fuera poco, obras de música académica se convertían, de pronto, en éxitos disco: A Fifth of Beethoven de Walter Murphy and the Big Apple Band, un arreglo de tres minutos del primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Ludwig Van Beethoven, de repente era un éxito en ventas, y bailado por millones de personas en todo el mundo. Hasta el ruso del romanticismo Mussorgsky no se salvó de ser adaptado para las discotecas (responsabilidad de David Shire, quien versionó Una noche en el Monte Calvo de Modest Mussorgsky, en lo que fue A Night on Disco Mountain apareciendo en la banda sonora de la susodicha película).

En este contexto ocurría que, por primera vez en el pop, se permitía la existencia de una música con una única finalidad: ser bailada. Expertos artífices como Nile Rodgers & Bernard Edwards (compositores e intérpretes de la seminal banda CHIC) se imaginaban cómo su material sonaría cuando llegara a las pistas de baile, añadiendo o quitando detalles en sus composiciones.

 

Una muerte que no fue tal

El hedonismo que emanaba esta música, y la contagiosa necesidad de bailar, comenzó a despertar rencores: resultaba inadmisible para el rockero promedio. No era otra cosa que una pandemia, un enemigo a destruir, una enfermedad que curar. No sólo había desplazado al rock y tomado las astas de la música popular del momento, sino que su origen y prevalencia negra, y su popularidad en comunidades homosexuales, que hicieron de esta música su estandarte, significaba una verdadera calamidad. Canciones como I Will Survive, interpretada por Gloria Gaynor, bandas como Village People, o incluso la primera cantante transexual en tener un hit en las discos, Sylvester, marcaban la presencia ineludible de los oprimidos y relegados, que la sociedad en su conjunto ahora parecía validar y aceptar.

La música disco no discriminaba, en la pista de baile todos eran iguales: ricos, pobres, negros, blancos; lo único que importaba era bailar y eso no podía ser tolerado. Como consecuencia, el 12 de julio de 1979 fue el día en el que fue herida de muerte. En aquella noche se llevó a cabo la Disco Demolition Night (algo así como "La noche de la demolición de la música disco"), en el que un grupo numeroso de manifestantes interrumpieron un partido de béisbol en Chicago, poniendo en marcha una voladura de vinilos de música disco. Bajo el lema "Disco Sucks", una campaña de desprestigio comenzada por algunas radios de esa ciudad, luego con alcance nacional, la hicieron, de la noche a la mañana, una auténtica anatema. Desde julio a diciembre de 1979, la música disco comenzó su retirada del colectivo social. Cada vez menos eran los éxitos en su haber, y en su defecto el punk y el new wave comenzaban a ascender triunfantes en nombre del rock.

Este hecho significó no solo una caída estrepitosa en ventas (sumado al cierre de Studio 54 ese mismo año), sino también el fin de una era; los setenta estaban acabados. Grupos como los Bee Gees, que curiosamente tenían una trayectoria destacada previa a la explosión disco, (no así como) CHIC o KC and the Sunshine Band, habían sido severamente dañados tanto comercial como artísticamente: la música disco era mala palabra.

En lo que respecta a nuestro país, con el difícil contexto que significaba la dictadura cívico-militar, ningún acto musical se desarrolló en el género. Sólo se consumía lo popular del momento: Raffaella Carrá y Julio Iglesias, quienes gozaron de gran popularidad por estos lares, también se animaron a lo disco, sumado a artistas anglosajones/europeos. Para aquel entonces las agrupaciones argentinas existentes más bien la desdeñaban tildándola de "música complaciente", con un contundente manifiesto: "Discoshock" compuesto por Charly García, e interpretado por Billy Bond and The Jets (siendo the Jets nada más ni nada menos que el germen de Serú Girán), era una sátira a la música disco; También la revista cultural más importante de aquella época, Expreso imaginario, publicó una edición a la venta con John Travolta en su portada y un tomate destruido sobre su rostro, expresando un evidente rechazo.

Desesperados fueron los bruscos virajes de muchas bandas e intérpretes quienes se esmeraban en demostrar su desapego total a la ahora muerta música disco: los Bee Gees lanzaron en 1981 su primera colección de canciones de la década, sin una mínima presencia de ritmos bailables, aun así sin vender una quinta parte de lo que habían logrado con su anteúltimo álbum hacía dos años: treinta millones de copias. Barry White había decaído en ventas hasta desaparecer. CHIC sólo pudo sobrevivir cuatro años más de aquel julio de 1979, disolviéndose en 1983. KC And The Sunshine Band logró un hit razonable a principio de los años 80, pero para 1984 había dejado de existir.  Esto se replicaba en una gran cantidad de artistas que habían tenido éxito en los 70, principalmente de la mano de la música disco, y no eran bienvenidos a la nueva década. 

Pero no a todos les ocurrió por igual: Kool & The Gang pudo continuar su racha de éxitos en los ochenta, aggiornando su funk a un materializado "post-disco" que no era más que música disco disfrazada, no tan obvia. Diana Ross en 1980, en plena "Demolición", había logrado el mayor éxito comercial de su carrera, con su álbum Diana (producido y compuesto por el tándem compositivo de CHIC). Michael Jackson quien se cansó de hacer música disco con sus hermanos y solista, logró un éxito pop con el álbum Off The Wall (producido por el compositor de bandas sonoras y de tradición jazzera Quincy Jones) que contenía los hits Off The Wall y Don't Stop 'Til You Get Enough (música disco del más alto nivel) y sentó las bases para el éxito infernal de Thriller, sólo tres años después de aquella noche de 1979. 

Habían declarado muerta a la música disco, pero nada menos cierto, sólo estaba camuflándose...

 

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