Música para camaleones

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Pasajero Luminoso en el Borges

Por Jeremías Felioga
Fotos de Lucy Chantada

“Hay cosas que uno tiene claro desde que empieza con la música. Yo tuve siempre claro qué es la Fusión. Nunca compré la de “esta banda hace rock-folclore porque tienen un sicus”. ¡Eso no es fusión flaco! La fusión tiene que ser natural. ¿Cómo no voy a sonar argentino si soy argentino?”

Así se plantaba Leopoldo “Pepo” Limeres hace dos años, ante la consulta por el estilo musical de Pasajero Luminoso. Hoy, en un Borges colmado de gente y entusiasmo, se lo ve como a un chico, disfrutando, casi jugando. La banda es de un perfil bajísimo; Juan Pablo Moyano debe ser el guitarrista menos expresivo del mundo desde lo gestual, porque claro, no necesita ademanes o morisquetas para transmitir emoción. Fabian “El Sapo” Miodownik hace magia en la batería, como si los golpes melódicos de Moro y la percusión Fattorusera se unieran en él.

“No sé si notaste que Spinetta y Fattoruso se escriben con doble T” me dice un amigo mientras suena una de las nuevas hermosas canciones de El corazón de las ballenas. Y no le contesto. Porque no hay espacio para hablar, ni para ir a buscar otra cerveza, lo que pasa en frente nuestro es trascendental. “Son lo más cercano a La Máquina (de hacer pájaros) que tenemos” me dice otro amigo al oído y asiento con la cabeza mientras el bajo del pasajero más nuevo -Ezequiel Rivas- se apodera de la sala.

“En el segundo disco de un grupo se empieza a gatear. En el tercero te parás. Y a partir de ahí podés caminar” nos decía en esa misma entrevista Limeres, pero el tercer disco de Pasajero suena a más que eso. A mucho más. Y en vivo esto se hace aún más notorio, las canciones se suceden como si fueran parte de un plan maestro, con una naturalidad y un dinamismo que hacen de la escucha una experiencia siempre disfrutable, nunca aburrida. A saber: Pasajero Luminoso no es (necesariamente) una banda para músicxs, la puede disfrutar cualquiera que esté dispuestx a entregarse a los sentidos; ¿hay virtuosismo, estudio y mucho ensayo? sí, claro. Pero también hay melodías que se te pegan, climas adorables y rockeros. Las ilustraciones del disco -de Alejandro Leonelli- son esclarecedoras en este sentido: Pasajero es una mesa larga llena de cosas ricas; las raíces jazzeras, el tango y el folclore argentino comparten espacio con lo progresivo, la música uruguaya y el rock sin perder identidad.

 

En todo caso, si esto es pararse -como decía Pepo- ¿¡qué pasará cuando caminen!?

Una amiga que nunca había visto a Pasajero en vivo me mira hacia el final del show “tenías razón”, en relación a que son la mejor banda del país. Fue con la intención  de sacar mil fotos, pero quedó hipnotizada por la música y apenas si pudo sacar algunas.

Párrafo aparte para los invitados que no hacen otra cosa que aportar jerarquía y matices (¡más aun!) a un show sólido de principio a fin. Pablo Carreras en Viola, Víctor Aguirre “Pikiki”, Rodrigo Villanueva y Maury Aquino en tambores (este último también en bombo legüero).

Además el viernes Ivonne Guzman había participado en voz y recitado en 20 días sin dormir para despertar, renovada versión de la canción anteriormente editada en Folklore (2005) de Pez. Ivonne es quien pronuncia las únicas palabras del disco:

La respuesta se dilata, estalla en mil pedazos. Años, luces, luego ríos. En planetas, luego en mares y confluyen en instinto. La pregunta sigue viva pues la luz es a la sombra lo que la sombra al vacío, y el vacío está en la nada y la nada en todo vino. Todo aquello en un suspiro, un pensar en vibración elevada al olvido. La vigilia hincha el tiempo, el espacio, los sentidos, lo enseñaron los ancestros, mi sonido es la verdad, la fuente, el regocijo. Atraviesa horas. Sombra en voz 
¡Te esperan! y serás lo que tú quieras. El tímido vibrar de una vela o el rugir crepuscular de la mar entera.

Y es que a veces pasa que la música prescinde de las palabras para poder decir con más fuerza. Para que el mensaje llegue más lejos. Y trascienda.

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