NO ES UNA RESEÑA I – Halfon: el dos veces inútil

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Por Emanuel Galante
Foto: Vero Schiliro

En su libro Los Bárbaros: ensayo sobre la mutación el escritor italiano Alessandro Baricco, autor de Novecento, Seda y Océano Mar entre otros, dice, haciendo una crítica a los modos de consumo cultural modernos, que el mercado del libro actual rechaza las producciones literarias que tienen su manual de instrucciones únicamente en otros libros. Pongamos: uno avanza por una librería y agarra cualquier best-seller. ¿Qué necesita para leerlo? Tiempo, (y por lo general poco); ninguna otra herramienta. Pero un día uno va, escuchó nombrar a un tal Faulkner, un americano, un enredado, un tipo que escribe bien por lo que dicen, y lo pide (ahora hasta se lo consigue en los puestos de revistas). ¿Cómo se usa ese mamotreto? Se usa con otros libros, como los juegos de construcción que requieren pequeñas herramientas para usarlos. El mundo de Faulkner cobra pleno sentido únicamente cuando se lo pone en referencia a otros libros, gracias a la experiencia de la ficción, de los modos de hacerla, destruirla y volver a hacerla en la que estamos desde hace siglos.  

 Lo que no le interesaría al mundo de la compra y venta son esos libros que remiten por completo a la experiencia de la lectura, a la historia de los libros, al gusto a veces un poquito odioso de la gente por el libro; todo esto, los bárbaros, como dice Baricco, lo considerarían más bien pobre de sentido, lento, digno de ser salteado, desechable.

Pensándolo de otra manera: el mercado rechaza aquellos libros que rebotan con otros libros o contra sí mismos. En Faulkner por ejemplo (ya lo dejamos tranquilo), que remite a giros característicos de la literatura, a una estética particular construida en el seno o ruptura de cierta tradición literaria, hecho de ribetes literarios, monólogos interiores interminables y descripciones que aluden a un simbolismo casi sin fin. Uno, al final, quizás con más pena que gloria, termina de leer uno de sus libros, se parte la cabeza, si, pero lo termina. El premio es una certeza: La certeza de que leer a Faulkner no sirve absolutamente para nada. La certeza de que a un Faulkner solo te lo lees por amor: ¿Qué podría aportar a una sobremesa El ruido y la furia?

La biblioteca Bizarra de Eduardo Halfon es así, dos veces inútil. Un libro que se la pasa remitiendo a otros libros, a la literatura, al oficio y pena y alegría del escritor. Un libro dedicado a otros libros. Un libro en donde siempre el trasfondo, hable de lo que se hable, es de escribir, de leer, de la materialidad, pasado, presente, futuro y hasta límites de esa juntura de páginas con portadas a quienes algunos vuelven su tótem y a la función de quienes los escriben. 

Y dos, un libro en donde el autor de El Boxeador Polaco, Duelo, Oh Gueto mi amor no se achica al mostrar que esa experiencia es su propia experiencia, antes que como escritor, como humano, Guatemalteco, un poco exiliado, un poco padre, (y como él dice) un poco neurótico.

Inútil y deforme

El libro está hecho de un collage de textos en donde Halfon, como de costumbre, se mueve en los pliegues nunca del todo claros del relato, lo autobiográfico, la no ficción y el ensayo. El primer capítulo es un recorrido por más de doce bibliotecas diferentes. Un paseo. Una especie de desarrollo del famoso “Desempaco mi biblioteca” Benjaminiano.  El gesto de Halfon es que no recorre la biblioteca de La Sorbon o la Biblioteca Nacional de España para construir sus textos. Halfon se va a buscar estas bibliotecas que describe a la casa de una tía recientemente muerta, al amigo que vive solo desde siempre, a los libros que arden en el recuerdo de un abuelo judío, a las bibliotecas atestadas de libros usados y repletos de marcas que conoció en sus viajes.

Pensé en alguien llegando a mi casa después de mi muerte a husmear entre las estanterías de caoba de mi biblioteca personal ¿Cuál sería entonces, según ese alguien, mi tema o mi ideal o mi deseado y árido pedacito de tierra?”

No es el elogio al libro como objeto, es el elogio del amor al libro, y de los que amaron los libros. Halfon reflexiona sobre esa extraña manía de acumular libros. Se vuelven entonces objetos que le hablan, y él les funciona de portavoz.

“Decía Virginia Woolf que los libros de viejos son libros salvajes, libros sin casa, y tienen un encanto del que carecen los volúmenes domesticados de una biblioteca”

Interroga en sus páginas esa extraña relación que podría ilustrarse en el momento en que cada quién que tiene una biblioteca, quizás, de pasaditas al baño, se frena, se queda mirando, acomoda algún libro, asiente con la cabeza ¿A quién?

Halfon describe, imagina, recupera multitud de bibliotecas: La biblioteca salvaje, La biblioteca felina, La biblioteca peruana, La biblioteca en llamas. Bibliotecas hechas de libros prohibidos. De libros hechos de libros que otros autores imaginaron. Bibliotecas que arden bajo la mirada de un oficial. Bibliotecas en su materialidad (hechas de madera, simples, en las manos de un carpintero) o bibliotecas simbólicas, ardiendo en llamas, en los recuerdos de un abuelo que presenció el regimen nazi.

“Pero aquella tarde lluviosa, bebiendo whisky y contándome de los soldados alemanes que quemaban libros en una calle oscura de Lódz, él estaba conmovido, o al menos parecía conmovido. Quizás por el whisky. O quizás por la imagen tenebrosa y encendida de las llamas en la noche polaca. O quizás porque entendía que aquellos soldados alemanes estaban quemando mucho más que una biblioteca”.

En cada una de esas páginas alguien no queda indemne después del encuentro con la literatura y su soporte material, el libro. En tres páginas de este primer capítulo de Halfon que nos habla de bibliotecas reales o simbólicas encontramos a Borges bailando con Bradbury y a Rulfo tocando el guitarrón para ellos. La magia es que Halfon, con lo pesados que son, los hace bailar.

El amor en el horror

Halfon narra dos experiencias personales en otras partes del libro: su paternidad de estreno, el modo en que espera, desea, y le teme a su hijo mientras se dedica a traducir poemas de William Carlos Williams, (experiencias que vuelve amigas) y por otro lado su encuentro con “Los desechables” un grupo de Bogotanos que viven en la calle con los cuales se encuentra para un intercambio.

La paternidad y la exclusión social son dos temáticas ya gastadas por el torrente de palabras que llegan de todas partes del mundo a convertirse en literatura y sin embargo Halfon las retoma.

¿Qué tienen de distinto en su voz?. La violencia y la ternura con que lo hace. Una especie de cadencia Americana (por su sencillez y crudeza) pero que juega para las dos lados: habla del horror, del amor, del amor en el horror, y así.

Si en el acto de traducir, irremediablemente, algo se pierde, Halfon lo remite, en el capítulo “Halfon Boy” a su idea de ser un padre. Aceptar una pérdida. Halfon se anima a hablar de su paternidad en status nascendi en un campus literario donde los padres solo parecen brillar cuando mueren y se vuelven ficción. Lo que existe son pequeños actos de traducción, tan personales como irreproducibles. Halfon, un padre vivo, habla a su hijo, un capítulo entero hablándole a su hijo.

“Me pregunto, Leo, si no habrá una relación entre el proceso de volverse padre y volverse traductor, entre imaginar cómo nuestro hijo se va haciendo nuestro hijo, e imaginar como las palabras del otro se van haciendo nuestras”.

¿Cómo se vuelve nuestro lo que es nuestro? ¿Es de alguien un hijo? O más bien, como una traducción, ser padre es admitir aquel un poco y un poco. Una idea bastante alejada y disruptiva respecto al dogma de apropiación moderno, en donde todo objeto debe tener un dueño, reconocible, que pueda gozar de él.

El capítulo sobre los desechables, además de dejar a quién lee en un estado de perplejidad, es un ejercicio ético sobre cómo transmitir una experiencia tan otra para uno mismo, como la de la exclusión, sin caer en la compasión o la demagogia. Halfon no hace más que narrar. Transcribe las palabras, las preguntas o comentarios que le formularon aquellas personas a él como escritor. No a Halfon hombre, se las dirigen a un escritor, al Halfon escritor.

“¿Y usted, a quién honra cuando escribe?” “Si usted no tuviera comida, ni dinero, ni casa, ¿seguiría escribiendo?” “Escribir, para usted, ¿es como rezar?” “Cuál diría usted que es su infierno?” “Cree usted que se puede escribir honestamente de la muerte de un hombre si nunca se ha visto a un hombre morir”.

Es interesante: Halfon no transcribe sus repuestas. No se sabe qué respondió a esas preguntas. Se dedica, en ese capítulo, a hacer simplemente existir las palabras de los desechables sin adornarlas: único salvataje posible a un discurso que de otro modo, quedaría invisible. Quizás una lección de escritura: algunas palabras viven si se sostienen en su otredad, si no se tocan.  A la manera de Tabucchi: si el escritor tiene una función en el mundo es hacer surgir, una y otra vez, lo otro, a bordearlo, intentar decirlo.

Halfon no adorna cuando no hay que hacerlo. Nos lleva al encuentro de la ternura con el horror, o con esa un-poquito-difícil-de-aguantar condición humana, inexpugnable, de que las cosas nunca son tan puras como se quisiera.

La memoria: el trabajo imposible

¿Qué es escribir? No es casualidad que uno de los últimos capítulos“ La memoria infantil” esté dedicado a su propia posición sobre su arte de narrar y que haga ese lanzamiento desde su propia infancia. Éste capítulo está hecho de pequeños fragmentos inconexos que Halfon se va a buscar tiempo atrás, en donde saca a relucir, con una belleza quieta, parpadeante, aquello que sustenta todo el libro. “Mi papá murió ahogado en el mar. Entró nadando y la marea lo abrazó fuerte y no lo dejó salir y mi papá murió ahogado en el mar. Recuerdo cuando me lo contó. Mis pies de niño metidos bajo las olas del pacifico. Mi mano anclada a la mano enorme de mi papá (...) Mi papá no dijo más. Cerca de nosotros, un viejo indígena pescaba con un hilo invisible metido hasta la cintura en ese mar eterno, celeste, cruel. Hoy mi papá afirma que ese día no había ningún pescador indígena. Pero yo lo recuerdo, o quiero recordarlo, o fabrico ese recuerdo para equilibrar algo más. Acaso la historia. Acaso la efímera y profunda desolación de un niño huérfano”.

La propuesta de su escritura parte de hacer memoria. Los recuerdos que le llegan de Guatemala, de su padre, de su abuelo. Pero hay que decir que es una memoria bastante extraña. La apropiación de la idea de una memoria científica, similar a la de un disco rígido, la memoria como “capacidad de almacenar y luego reproducir” es de la que Halfon huye. Hay una frase que nos pone en pista: “Es una pobre memoria, dice la reina de Lewis Carrol, aquella que solo funciona hacia atrás”.

Podría decirse que para Halfon, hacer memoria es ir hacia adelante. De la desgarradura que provoca el mismo acto de recordar Halfon procede con su aguja para remendar. Una metáfora que habla de su Biblioteca Bizarra en total, una especie de patchwork de textos que, con el trasfondo (voy a insistir) del amor por los libros y el oficio de escritor: habla de dictaduras, de la diferencia de lenguas, de los americanismos, de la traducción, de las amenazas que sufrió en su país al volverse escritor, una verdadera biblioteca de escenas que a la vez que disímiles están profundamente encadenadas. Un libro-lugar al que se puede volver innumerables veces, que deja dicho que en todo recuerdo, por más palabras y palabras que se usen, algo resta de ser dicho.

“Hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede”. “Narramos nuestros lugares infantiles desde un punto intermedio entre el recuerdo y el olvido”.

Para Halfon ese es el oficio de narrar, palpar lo que de la vida es recuerdo, y volverlo relato, a sabiendas, que ese acto inútil y precario, algo se gana, algo se pierde.

Se dice que Wilfred Bion, un psicoanalista Inglés, decide, después de treinta años, retomar algunos casos que había trabajado y atendido en su juventud. Se despoja de los relatos escritos para simplemente volver a pensarlos. Al final dispara la pregunta: ¿Qué es más real? ¿Aquellos cuerpos y recuerdos que suscitan las palabras escritas en los cuadernos ajados o aquello que hoy, después de todo, yo puedo decir sobre aquello vivido? Para Halfon, a fin de cuentas, la literatura es la respuesta: una tensión a sostener, una solución imperfecta, sí, pero acaso la mejor con la que contamos para no perdernos del todo.

 

Eduardo Halfon “La biblioteca Bizarra”
Editorial Godot, Buenos Aires, 89 páginas, 2020.