Padres de verano

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Alfonso tenía solo cuatro años cuando recordaba haber conocido al que su madre le había indicado que era su padre. Lo llevaba a la calesita por las tardes de verano a la salida del sauna en el que se había convertido la escuela, iban por helados, él le hacía juegos y se reían mucho, eran realmente lindos los recuerdos que Alfonso coleccionaba de esos momentos.

Después de él, desde que tenía memoria, siempre tuvo la dicha de que le tocaran excelentes padres. Ésa ya era la cuarta vez que su madre volvía a ofrecerle un nuevo aspirante por el papel de papá perfecto y Alfonso sólo lo disfrutaba mientras podía, pues sabía que probablemente sólo le duraría una calurosa temporada.

‘¿Por qué nadie se quiere quedar?’, ‘debo ser un niño muy malo’, ‘quizás nunca tendré un verdadero papá’; eran las cuestiones sin respuestas más frecuentes de las infinitas que siempre Alfonso tenía en la cabeza. A veces sentía enfado con su madre por no tomar la opinión de él en el casting de selección de su nuevo padre; por las veces que se le hincaba el corazón de tristeza cada vez que no encontraba a papá entre la multitud de gente a la salida de clases, y también por hacerle improvisar sonrisas falsas cuando lo esperaba un rostro nuevo, pero más que el enojo, lo turbaba mucho más hasta el punto de no dormir por las noches; el por qué después de la ausencia de cada uno de sus superhéroes temporales, sólo lo esperaba su madre junto a la compañía de nuevas marcas en sus brazos y rostro.

 

Por Astrid Pilpe

Foto por @Oulalafx

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