Paracanthurus

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Son las seis de la mañana, el despertador suena con un sonido de aves que cantan de menor a mayor intensidad, lo postergo, no lo apago, acá aunque sea verano siempre es oscuro hasta después de las nueve. Miro por la ventana a pesar que ya sé que allí afuera sólo hay oscuridad, frío y mantos blancos por todos lados, entonces suspiro… este será mi último año en la Antártida.

A la edad de cincuenta y tres años seguramente la mayoría desearía estar jubilado, pero a la edad de cincuenta y tres años no es lo que yo quiero. El hielo, los microscopios, los días de oscuridad, la sensación de extrañeza cuando voy a la ciudad y me da la impresión de que descubrí qué hay más vida fuera de los glaciares… olvidar que el piso está helado y brincar apenas pongo un pie en el suelo cuando despierto, todo eso y miles de cosas que a medida que observo salen a flote en mi mente, sólo me hacen desear otra vida más para volver a hacer lo mismo. Sin embargo, la insistencia de mis hijos y la recomendación de mi psicólogo el Dr. Kleiman, que se ha cansado de decirme «cuándo recuerdas mucho el pasado es porque no estás viviendo» me han orillado a dejar mi trabajo. Mi hija Ana aún sigue molesta porque en el día del nacimiento de mi primer nieto tuve que abordar un avión de vuelta al blanco encierro.

«No puedo creer que no estés aquí para verlo», recuerdo que me decía Alonso, mi esposo, cuando yo reproducía el audio de las primeras palabras de mi hijo Jimmy. Ana se reforzaba en aquella historia para enfurecerse aún más «siempre está tu trabajo primero», me decía.

Una vez escuché que «uno no siente frío cuando está dónde tiene que estar», y a mí en la Antártida jamás se me ha estremecido el cuerpo. No siento culpa cada vez que tomo el avión y no miro atrás para ver los rostros de mi familia. Los reproches de mi hija a veces ni los recuerdo. Rolando es el que siempre pasea por las calles de mi memoria… es la nieve albina que me recuerda su bata, y el frío terrible que aunque no me estremezca, me hace recordar su ausencia…. en aquellos días cuando él estaba todo parecía más cálido.

La alarma suena nuevamente y entonces noto qué rápido pasa el tiempo, han transcurrido cinco minutos desde que estoy mirando fijamente sin mirar la ventana. ¿En realidad morimos?, me cuestiono.

Mientras haya memoria nadie muere, me contesto.

¿Cómo no matar a alguien si inevitablemente todos vamos a morir? pero yo no deseo matar a nadie, menos a él.

Me levanto y voy a darme una ducha, no tan caliente porque quiero despertarme y regresar del mundo a dónde me he ido. Antes de ir al laboratorio tengo que necesariamente pasar por la oficina que antes era del Dr. Rolando Toro. La puerta blanca nunca más volvió a sonreír desde que quitaron el rótulo dorado con su nombre grabado. Cuando esa puerta se abría el corazón me saltaba, intentaba disimularlo pero se me escapaban las caras felices, allí adentro estaba él, sentado sobre su sillón negro de cuero, con su sonrisa que opacaba hasta la luna más bella y unos claveles amarillos sobre su escritorio que contenían un ¨Para María¨¨ en un pequeño rectángulo de papel blanco. Nunca supe cómo hacía para conseguirlos. Antes siempre hacía una parada en su oficina para verlo, antes siempre yo estaba allí con la excusa de tener fuertes dolores de cabeza «¿dolores de cabeza de nuevo?» bromeaban mis compañeros. Hoy hace más de diecinueve años que ya no tengo fuertes dolores en la cabeza, sólo en el corazón.

Tiempo después supe que los claveles amarillos significaban desilusión y pena por un amor no correspondido, si lo hubiese sabido antes, no miraría esos claveles cómo los miro ahora.

Algunos días como hoy, luego de horas en el laboratorio, llegan mis momentos favoritos de trabajo: salir a investigar. Normalmente desde la escuela nos enseñan que el sol es amarillo pero acá esa idea se contradice completamente, el sol en la Antártida parece una bola inmensa de nieve brillando en el firmamento, salvo en esos pocos días de verano en los que el sol es implacable, en esos días nos perdíamos con el Dr. Toro como dos adolescentes: nos tomábamos de la mano y corríamos hasta echarnos en algún lugar donde ¨broncearnos¨. Es ilógico empacar un bikini naranja en tu valija cuando te vas a la Antártida, pero era para esos momentos que yo siempre lo llevaba.

Una brisa fría me trae de vuelta a la realidad y acelero mi paso para subir en la lancha mar adentro, la tierra parece pintada sólo de blanco y azul. Con el equipo iremos a investigar a los chaenocephalus, conocidos como los peces de hielo. La lancha va tan velozmente que parece surfear sobre pequeñas olitas, y el agua está tan azul que millones de peces cirujanos podrían nadar perfectamente camuflados. A veces solía molestar a Rolando diciéndole que había visto un pez cirujano azul, al principio no me entendió y yo supe que era porque él no sabía casi nada de peces, sólo del cerebro humano, entonces le dije «un pez Dory, el pez azul que sale en la película Buscando a Nemo», y rápidamente supo cual era porque al igual que el pez Dory, él también tenía mala memoria.

A veces Rolando también se marchaba a otro mundo el cual yo desconocía, su mirada navegaba por el horizonte y aunque estaba junto a mí, yo me quedaba sola. Cuando se animaba me contaba la historia de su padre y aunque yo ya la sabía lo escuchaba atentamente como si fuese la primera vez que la oía. El pobre señor había perdido la memoria completamente y nunca más recordó a su hijo, ni a su esposa. Rolando tenía quince años cuando eso le sucedió «fue de repente» me decía «nadie lo esperaba, un día se levantó como de costumbre junto a mi madre y se asustó, no tenía idea de qué hacía allí y le pidió muchas veces disculpas por ¨meterse en su cama¨. Mi madre se enfadó al principio, le dijo que era una broma de muy mal gusto hasta que lo vio marcharse con el rostro desconocido. Ese día no regresó a casa, al siguiente tampoco, entonces comenzamos a buscarlo, había regresado a casa de mis abuelos en Chubut, por eso nos mudamos a vivir allá. Mi padre sólo recordaba su vida antes de marcharse de su casa y un poco de la de aquella mañana, todos los demás días se hundieron en el olvido. A veces, muy rara vez, salían a flote en la memoria de mi padre los días junto a nosotros, entonces llamaba o aparecía en la casa, nos abrazaba muy fuerte, lloraba y nos repetía que nos amaba. Mi padre se enamoró de otra mujer, o más bien volvió con la última mujer que recordaba, su ex novia de la facultad. Ocho años después falleció, pero yo, desde los quince años, ya era huérfano.»

Ahora hay otro neurólogo que cubre desde hace más de diecinueve años la vacante del Dr. Toro, y a mí me sigue pareciendo que fue ayer cuando renunció, cuando corrí a verlo porque no sabía por qué se iba y él no me reconoció.

«A veces tengo miedo de que algo así me pueda suceder a mí, es hereditario ¿sabes?» me decía, cuando tomábamos el sol en aquellos veranos, entonces yo lo abrazaba y le decía que yo no permitiría que me olvidara.

«Por eso estudié Neurología, por eso me quedé en Chubut, más bien, por él. Nunca me gustó el frío, siempre lo odié y por eso estoy acá, quiero que el hielo no me deje olvidar por qué hago todo esto, por qué elegí este destino.»

A veces recibo una llamada y de fondo puedo escuchar «María, mi amor…»

Entonces él vuelve a mí.

 

Por Astrid Pilpe

Foto por @oulalafx