PEQUEÑAS TELENOVELAS DESTRUCTIVAS

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Por Mario Flores

“Grandes autores para tramos cortos” dice el lema de la colección: el libro en formato EPUB tiene apenas diecisiete páginas (y el relato como tal, se reduce a diez), pero el ‘tramo corto’ no es referencia únicamente a la extensión del texto sino también al ritmo infructuoso de la historia. Papá, el amante de mi novia de Gustavo Grazioli (Indie Libros, 2020) está narrado en primera persona por un protagonista sin nombre (y puede que también sin ningún tipo de seña particular que ayude a distinguirlo de cualquier otro mortal en medio de aprietos sentimentales), un pibe eternizado que hace repaso a velocidad crucero de una mini novela atómica y dolorosa: un trauma familiar de alto rating. Todo está narrado como si este tipo estuviera sentado acá al lado, contándolo todo con una cerveza en la mano, quizá con un ayuda memoria (los papeles que ha estado escribiendo para descargarse, de alguna manera, por recomendaciones que acata con fe ciega).

Todo comienza con el paisaje familiar vintage de un pasado alguna vez glorioso y pintoresco: las clásicas vacaciones en la playa, las cremas antiage, historias bronceadas de verano, los hits oscuros de los ochenta (Sumo como la banda sonora oficial de esta publicación) junto a las bibliotecas new age que ya empezaban a cundir. Ese escenario resplandeciente (y muy argentino pero, más bien, rioplatense) es el espacio donde esta familia promedio de clase media, sin ninguna deformidad o disfuncionalidad aparente, vive un trastocamiento de sentidos: “Mar del Plata no era lo que es ahora” arranca el protagonista, inspeccionando signos ocultos en las viejas fotografías, recordando cómo Angélica, la novia del título, se calentaba viendo al padre pasarle protector solar a la esposa.

El trauma tiene varias capas: la desnudez no es efectista, sino que hay pequeños mensajes y cosas raras por todos lados; la prosa de Grazioli es velocisima pero no escatima en detalles: fotografías de la genética familiar, cartas clandestinas (como el recado del padre para Angélica en uno de los cajones de la cocina en el que le propone fugarse juntos) y movimientos tan confusos como teatrales (“completé la tabla de corcho con las fotos de estas vacaciones y me propuse iniciar una investigación casera, o más bien observar la situación”, dice). Ese es el primer golpe: el segundo golpe es cuando encuentra al padre cogiendo con la novia en el baño de la casa. “El silencio era extremo, desesperante por momentos”, siente el protagonista mientras se acerca al estallido. Pero tampoco estalla ahí: queda suspendido mientras la telenovela destructiva avanza indetenible. El personaje principal es un núcleo de silencio, un ente testigo: solamente desborda emocionalmente cuando haya consuelo maternal en el escote de una prostituta buena onda a quien, de todos modos, tratará de cambiar (¡“Hijo ’e tigre, carajo!”, suena la voz del padre de fondo), o cuando en medio de una llamada telefónica lanza un vaso de vidrio contra la pared como única respuesta. Lo que pasa es que es algo tímido frente a los monstruos críticos o las conversaciones de adultos, y todo el relato está sobreentendido en confianza (narrar en precisión también con el silencio) en parte porque le ayudan breves códigos casi infantiles: el Club Atlético Diabetes, la repulsión por la existencia de la sexualidad de la madre, la inmovilidad ante lo descabellado como quien se mantiene estático frente a un tigre al acecho, ni huye ni ataca. La madre siempre le dice “cuando seas grande, lo vas a entender”, como si el personaje estuviera sentenciado a la demencia (o a fingir demencia) por el resto de sus días.

Las circunstancias son las óptimas para que la pantalla de la tarde no sufra grandes dislocaciones: el buen pasar económico, la posición laboral en ascenso, carreras de caballo nocturnas y botellas de whiskey, son cameos elegantes de ese trastocamiento. Y se trata de un trastocamiento cíclico, como el universo que implosiona y se regenera de sí mismo: la pareja busca tener un hijo, los padres quieren veranear en Mar del Plata como antes, a modo de celebración familiar de lo retro. En esa vuelta, en el regreso de lo confortable aparente, la madre encuentra al esposo cogiendo con la nuera en el baño del departamento: el protagonista, desde la lejanía salada de la playa, escucha el grito. ¡Hijo de puta! ¡Andate de acá!¡ ¡y vos también puta de mierda!, estalla la madre. Estalla el relato entero, en realidad, el protagonista aparece en el ojo de la tormenta por pura inercia: el miedo y el no sé son las únicas armas sin filo a disposición.

El padre se fuga, finalmente, con la nuera y se dedican a esperar el tan ansiado hijo que iba a ser del protagonista, construyendo una realidad alterna de esa fotografía familiar acaso pintoresca. “Corté la comunicación”, dice el protagonista. Y se establece, también, un corte de escena, un corte con cualquier vestigio de la vida de antes, un corte en la historia que pasa a ser el escrito mismo.  El final de la historia establece un límite en el cual, la tentativa de la escritura ayuda a mutar esa idea de volcán en estado inactivo: solamente escribiendo se desmenuza lo crucial e intempestivo del drama.

“Son las reglas del juego”, le alecciona la prostituta amiga con tono maternal. Con esa premisa, casi con aires de resignación, el protagonista se compra una PC y arranca la anécdota mil veces recorrida, caminando en círculos y rememorando las escenas que le dolían hasta el vómito literal. Una voz que no pierde naturalidad, que cuenta como si no pasara nada, desde un ágora de piedra. “Nunca me imaginé que iba a terminar escribiendo”, termina diciendo, en medio de una versión un toque más aciaga del futuro soñado.