Pobres gentes

Por Jazmín Felioga

En el cuento Pobres gentes de León Tolstoi, se ve reflejada la pobreza y la humildad de los que menos tienen.

Los vulnerables aparecen en el cuento dándonos un mensaje de moral a la sociedad, ya que a pesar de las condiciones en las que viven demuestran que son capaces de ayudar brindando su humanidad y su comprensión.

Lo que rescato de este cuento y por lo cual me decidí a escribir este ensayo, es que a pesar de los años y las décadas esta “moral” sigue siendo la misma hoy en día, la gente que menos tiene es la que más da, la que más ofrece, por más que no les sobre nada, excepto la generosidad.

También es interesante rescatar quién fue León Tolstoi,  que a pesar de ser un hombre acaudalado, por herencia de su familia, y aunque jamás pasó hambre, sabía ponerse en el lugar de los más necesitados. De hecho abrió una escuela para niños campesinos en Yásnania (Polonia), en las que aplicó sus métodos educativos que anticipaban la educación progresista moderna.

Digamos que León Tolstoi fue un caso aislado, ya que supo ponerse en la piel de los necesitados y brindar su ayuda sin necesidad de obtener nada a cambio.

Y amén de esto me parece adecuado narrar estas palabras que escribí hace un tiempo pero que pueden acercarse mucho a lo dicho recientemente.

De lo que no se habla, o se habla poco, de las miserias de la gente, de los llantos de los niños, de las manos sucias y los ojitos tristes, de aquellos que ya perdieron las esperanzas o aquellos que nunca la tuvieron. ¿Por qué hablar de eso? Si podemos hacer como si eso no existiera, si podemos hacer que el dolor sea ajeno y no sea carne. Y entonces vivimos dormidos, sin despertar, sin abrir los ojos, pensando “no es mi culpa” y así pasan por delante las miserias de la gente.

Algunos gritan, gritan tan fuerte que el mundo casi que retumba, pero es que estamos tan sordos, que ni nos damos cuenta, o será ¿que ese aparatito que llevamos puesto en los oídos no nos deja escuchar los gritos de los desposeídos? Y estamos tan ciegos que ver este tipo de cosas nos parece natural. Nos enchufamos a la tele, el chupete electrónico que no nos permite distinguir la realidad de lo superficial y creemos que vivimos en un mundo de plástico, en un mundo reciclable, entonces nos pintamos las caras para quedar irreconocibles y que no nos de vergüenza ser quien somos.

Y así va el mundo, lleno de dolencias, tristezas, soledades y desgarros. Están los que lo podemos ver y queremos transformar esa realidad de mierda y los que aun habiendo estado cerca de todo esto, prefieren pensar que “ellos no hicieron nada para que sucediera esto”, y ahí va, ahí va el individualista número uno, con un tono de superioridad y mirando a la gente como si la estuviera analizando.

Aunque también vale reconocer  que todavía hay amor, del amor lindo y constructivo, del amor que sale a las calles y que grita y pelea por sus derechos, salimos a la lucha entre todos, no dejando a nadie afuera y es cuando el mundo deja de ser “reciclable” porque todos ocupamos un lugar y abrimos bien fuerte los ojos y derrotamos a esa indiferencia que tanto mal hizo y hace.

Y toda la otra mitad de la gente, la que no oía, la que no miraba comienza a despertar.

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