Por siempre: Una noche en el Ópera

Pez en el Ópera

Por Jeremías Felioga
Arte por Ale Leonelli

Aunque no sea lo recomendable para el disfrute pleno, cada vez que me encuentro ante espectáculos monumentales, como el de Pez en el Ópera, no puedo evitar compararlos con otros ya vividos. Y peor aún: con otros no vividos. Quizás algunos no lo sepan, pero existe una buena porción de la humanidad que no presenció el show de Las Bandas Eternas de Spinetta. Otros tantos que nunca vimos en plenitud artística, psicológica y motriz a Charly García. Otros que no asistimos ni una sola vez a un recital de Pappo. Los ejemplos son infinitos: The Beatles, Queen, Manal. En fin, todos esos sueños imposibles.

Hace rato que lo pienso: poder ver en plenitud artística a Pez está a la altura de quien pudo ver a Invisible, Serú Girán y las grandes bandas de Argentina. La obra de Ariel Minimal (44 años) se encuentra entre las más prolíficas de la música nacional. Tan solo mencionaré algunos de los muchísimos discos en donde su guitarra, voz y originalidad hicieron la diferencia: Quemado (Pez - 1996), Frágilinvencible (Pez - 2000), Fabulosos Calavera (Los Fabulosos Cadillacs - 1997), Flopa-Manza-Minimal (2003), Monstruo Hogar (demo de Martes Menta - 1992), Danza del corazón ( La Luz - 2005).

Como si fuera poco, a la solidez del trío histórico Minimal-Salvador-Fósforo, se le sumaron Juan "Hombre Orquesta" Ravioli, Pablo Puntoriero (LFC - Pez) y una gran cantidad (y calidad) de músicos invitados.

Mientras forzaba (en vano) las entrañas para no explotar en un millón de lágrimas, hacía un recuento arbitrario por los mejores recitales a los que había ido alguna vez. Aparecían ante mí algunos realmente extraordinarios (Divididos en El Teatro de Flores, Vox Dei, Queens of the Stone Age y Silvio Rodríguez en el Luna Park) y otros que solo entraban por factores estrictamente emocionales (Sui Generis en Parque Sarmiento, Intoxicados en Lugano 1 y 2, Bersuit en River).

Por momentos la música que irradiaba Pez desde el escenario parecía que iba a salvar al mundo. Había una sensación en el aire de que estábamos siendo parte de algo enorme, trascendental. Era todo tan denso, tan sensible y rotundo, que podría asegurar que parte de mi alma entendió varias cosas de golpe.
Después Minimal se olvidaba la letra de algún tema. O algún pelotudo anónimo le gritaba "gordo quemero" desde su asiento. De alguna forma eso nos salvó a todos -o al menos a mí- de morir ahí mismo. O de vivir eternamente.

 

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