Qué pueden hacer las palabras? (No es una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo): Cartas de Mamá, de Julio Cortázar

Por Mauricio Olivera
Arte Nadia Fischbein

Nadie sabe lo que puede un cuerpo, dijo alguna vez Spinoza. Lo mismo puede decirse acerca de las palabras. Nadie sabe qué efectos pueden generar, que mundos pueden crear, destruir, dislocar. Las palabras de uno, el discurso propio. También las palabras del otro, de un otro que puede estar presente físicamente o no, pero que mediante las palabras se hace presente de igual forma, de manera incesante, casi insoportable. Las palabras como vehículo de libertad, pero también como cárcel ineludible, de cuyas garras no podemos nunca escapar del todo. Las palabras, que al nominar, dominan sobre un objeto y le dan entidad en un mismo movimiento. Los nombres, esas entidades cuya eficacia es capaz de sobrevivir hasta la misma muerte. Espectros que continuamente surcan la superficie, que incluso tienen la capacidad de re-significarse o, en muchos casos, tener más poder e influencia que cuando sus portadores vivían. Autonomía de lo inmortal, de lo no-vivo, de lo que no termina de morir.

Lo que se pone en juego en Cartas de Mamá es todo esto. Cortázar nos muestra de manera brillante que nunca se puede saber que pueden las palabras, que nunca pueden mensurarse los efectos que suscitan. O mejor aún, que aunque sepamos perfectamente los efectos que suscitan y los alcances que tienen, aun así hay poco que podamos hacer para que dejen de influir en nuestras vidas, mediadas irremediablemente por ellas.

Este cuento está incluido dentro del libro Las Armas Secretas, compilado de cinco cuentos que, además de Cartas de Mamá, contiene al famoso cuento homónimo y a Las Babas del Diablo, cuento que fue adoptado para el cine en la aclamada Blow Up, de Michelangelo Antonioni. Publicado en 1959, este compilado de cuentos es considerado como el punto de madurez de Cortázar dentro del género de los cuentos, así como un eslabón, como un punto de contacto entre su anterior obra, más centrada en este género, y su obra novelística posterior. Específicamente lo que se ha remarcado es la conexión existente, tanto en la forma de narrar como en el contexto en el que se narran los acontecimientos, entre estos cuentos y Rayuela, su más famosa novela. A tal punto que llega esta apreciación, que se consideran a los relatos de este libro como una prefiguración de lo que llegará a ser la historia de Oliveira y La Maga.

Ambientada en la París de finales de los ’50, Cartas de Mamá trata sobre la vida de Luis, argentino residente en París. Tiene un trabajo pasable, una vida cultural agradable y convive con Laura, su pareja que lo acompañó en la travesía a Francia. Todo ocurre como siempre hasta que en la habitual carta que Mamá envía desde Buenos Aires, aparece una frase que congela a Luis: “Esta mañana Nico preguntó por ustedes”. Nico, hermano de Luis, exnovio de Laura, fallecido hace dos años.

Cada carta de Mamá implica volver a un pasado del cual Luis escapó, del cual huyó de la manera más drástica posible: poniendo un océano de distancia con él. Este presente duramente recortado de la línea temporal, cortado de cuajo del decurso de los acontecimientos, está permanentemente amenazado por las cartas de Mamá. Esa libertad que Luis ganó duramente está siempre tensionada por su relación con un pasado que no deja de asomarse en cada carta que ella le envía. La respuesta de Luis siempre pone distancia, de manera cortés y mesurada, escribiendo inmediatamente para volver a sumergirse en su presente. Pero esta vez la amenaza se multiplica, pues el pasado vuelve ahora invocando a Nico. Nico, cual fantasma que nunca dejó de hacer sentir su presencia, de manera tácita, por la ausencia de su referencia. Presencia que se hizo sentir en el silencio que se guardaba hacia su figura. Nico caía ahora con todo el peso de su nombre, con todo el peso de ese silencio largamente callado, pero que en realidad no era otra cosa que un grito ahogado.

A partir de aquí es donde empiezan los problemas para Luis. En primer lugar ¿cómo manejar las reacciones de Laura ante estas menciones, aunque fuese un simple error? Sabía que en el fondo Laura seguía aferrada a él, a ese nombre que nunca se atrevía a mencionar, incluso en los momentos en los que era necesario hacerlo. Al principio, Luis piensa este error como un claro ejemplo de senilidad materna, de que Mamá ya se encontraba desmemoriada y cambiaba los nombres. Consultas a familiares en Buenos Aires y la actitud serena, demasiado serena, de Laura empieza a cambiar su forma de ver las cosas. Para colmo de males, nueva carta de Mamá ahora anuncia que Nico viaja a Europa. Empiezan a rondar otras ideas en la mente de Luis. Todo esto se convierte en un partido de ajedrez en donde Mamá y Laura, cómplices en su silencio, mueven sus piezas para enfrentarlo con el pasado del cual quiere huir, materializado por Nico que viaja, que ya tiene día, horario y lugar de arribo en París. Todo es una montaña rusa surrealista. Un simple nombre está a punto de materializarse en una estación de trenes.  Ese resto “pertinaz” que es el nombre de Nico, ese lugar prohibido que se forma en torno a él, ese “algodón manchado” que conforma su tabú deviene, en su liberación, un cambio radical de perspectiva. El mundo de repente se convierte en algo diminuto, claustrofóbico: Hay que hacerle lugar a Nico. El desenlace, el reconocimiento de que Nico “está más flaco” es el momento culmine de todo este proceso en el que nada parece ya ser igual, ni él, ni Laura, ni Nico, ni, por supuesto, Mamá.

En tiempos en donde la instantaneidad de la palabra manda, puede sonar inverosímil que una mera carta sea capaz de modificar toda la existencia de una persona. Pero eso es lo que provoca en este cuento. Es un sismo en plena cotidianeidad, un agujero que rompe toda continuidad temporal. Un pasado que retorna como pesadilla en el caso de Laura y como desintegrador de toda una realidad para Luis. La venganza de un pasado que no cesa de volver, que deviene en el reconocimiento de algo que siempre-ya-fue, aunque siempre haya sido negado. La fuerza de las palabras que cobran una materialidad tal que son capaces de trastocar todo un mundo, toda una red de relaciones. Una materialidad que incluso esquiva a la muerte y que en y por ella, anclado en su carácter traumático y en ese silencio forzado que ella provoca, se vuelve más pesada, más insoportable.

En este punto es que uno puede ver el destello de la genialidad de Cortázar. Esta historia pone de manifiesto un hecho fundamental que está en el núcleo del lenguaje y de la palabra: la muerte física no es un límite para lo simbólico. Más aún, la muerte física no implica per se una muerte simbólica. Para un nombre, significante vacío por antonomasia, esta barrera física no es infranqueable. Este espacio entre las dos muertes, la real y la simbólica, es ocupado por el nombre de Nico, retornando cual espectro. Para decirlo con Zizek y siguiendo el camino del psicoanálisis lacaniano: “Lacan concibe esta diferencia entre las dos muertes como la diferencia entre muerte real (biológica) y su simbolización, el ‘ajuste de cuentas’, el cumplimiento del destino simbólico (la confesión, en el lecho de muerte, del catolicismo, por ejemplo). Esta brecha se puede llenar de varias maneras; puede contener o una belleza sublime o monstruos temibles: en el caso de Antígona, su muerte simbólica, su exclusión de la comunidad simbólica de la ciudad, precede a su muerte real e imbuye así a su personaje de sublime belleza, en tanto que el espíritu del padre de Hamlet representa el caso opuesto -la muerte real sin que esté acompañada de la muerte simbólica, sin un ajuste de cuentas-, por cuya razón regresa como una aparición terrible hasta que se haya saldado su deuda.“

Esta presencia espectral y pesadillezca de Nico encaja perfectamente en este esquema, al que Cortázar parece llevar hasta el paroxismo de la materialidad corporal, aunque nunca lo podamos saber efectivamente con certeza y eso es un punto ambiguo que en mi opinión enriquece mucho al cuento, permitiendo un espacio para su interpretación. Lo que sí es seguro es que este retorno desde el plano de lo simbólico es producto de este “ajuste de cuentas”, aunque no sepamos del todo su motivo. Uno puede aventurarse a decir que lo que viene a reclamar es que le restituyan su lugar, su rol, sus “títulos” de hermano, de ex novio, de hijo. En última instancia, vuelve para aunque sea mínimamente le reconozcan su existencia negada, callada, olvidada.

A esta altura uno solo puede agregar que la maestría de Cortázar está, y esto recorre todo el libro con sus puntos altos en este cuento y en Las Babas del Diablo, en mostrarnos el doblez oculto pero a la vez evidente de lo cotidiano. Esos puntos de fuga que muchas veces se ignoran y se pasan por alto en el devenir de la vida que transcurre normalmente. Esos puntos de fuga, esos dobleces son en general el anverso problemático e incluso me animaría a decir que obsceno de todo el plano “normal” de la vida diaria. En este caso, la entrada en juego de una palabra externa, la palabra de Mamá, es la que desbarata esta normalidad, pone de manifiesto que está basada en un reverso traumático, anclado en un elemento que trasciende la temporalidad: el nombre de Nico. Este nombre, renegado, piedra angular de un “olvido exquisitamente fingido”, pone de cabeza el tradicional esquema respecto de lo que es una “ilusión” y que es la “realidad”. Cortázar nos muestra que la línea existente entre ambas es muy fina. O mejor aún nos muestra que, forzando un poco las cosas, “la realidad” no deja de ser, como toda construcción ficcional, una ilusión que le debe su constitución a, en y por lo simbólico, a ese espacio donde la palabra es capaz de todo. Incluso de sortear a la muerte.

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