Re/huir el paisaje

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Por Celeste Gauchat

Con la piel no hacés nada. Eso es lo que se deja escuchar en la pregunta con trampa que se nos formula desde el epígrafe, y la sensación de ser parte de una conversación nos acompaña a lo largo de los más de treinta poemas que conforman La causa de las cosidas, de Carina Rita Medina. La piel es el órgano más grande del cuerpo, y es la barrera que nos delimita, separa lo que somos (o creemos ser) de lo que no; un afuera y un adentro. Y no alcanza. Si la piel no alcanza, ¿pueden las palabras suplir esa necesidad? Intuimos que sí, y que el poemario es la respuesta a ese interrogante.  En el prólogo, Alicia Frischknecht sostiene que una voz individual no es más que un eco del pasado, algo que ya no nos interpela. Y es precisamente lo que sentimos cuando leemos estos poemas que parten de lo personal para trascenderlo al incorporar a les otres con su voz, que dejan en claro que si una necesidad es colectiva, la respuesta también ha de serlo.

A veces se trata de un diálogo familiar al que asistimos, un comentario o frase dichos al pasar, que solo unos oídos disponibles pueden captar antes de que se pierdan, una anécdota que funciona como sustrato del poema y trae las primeras palabras -esas que escuchamos y entendemos en la infancia- que señalan un destino, contra el cual la primera persona se rebela. El coro de voces se complementa con la diversidad de espacios (y lenguas) que aparecen como escenario, repartidos entre los dos extremos del mismo continente: la ciudad más ciudad al norte, y al sur los espacios familiares ligados al campo. El yo se mueve entre estas latitudes, (aunque puedan convivir en un mismo poema), y este movimiento, que es una constante en el poemario, adopta distintas formas. La voz que habla se niega a ser atrapada, sujetada; es movida por un deseo que la mantiene en constante tránsito, para no repetir un destino sabido de memoria. Por esto el movimiento no se percibe como un paseo reconfortante que damos para distraernos, sino como una huida, un escaparse con urgencia de una situación opresiva: la condición de las mujeres en tanto sujeto plural, atravesado una y otra vez por el peso de un sistema que las violenta. En “Jueces perdidos I” -poema que contiene el verso que da nombre al libro- y en “Jueces perdidos II” este sistema aparece resquebrajado por una justa marea (verde y del color que haga falta) que lo desnudará todo. Hacia la última parte del libro otra cara del movimiento cobra protagonismo, me refiero a las rutas que conectan los lugares que el yo habita -siempre en tránsito, porque no puede ser parte del paisaje- y el último poema (“Final de viaje”) encuentra una manera de resolver ese destino intuido desde el comienzo. 

En el curso vertiginoso que, como cascadas, dibujan los poemas, las ilustraciones de Aixa Sacco irrumpen y se convierten en descansos; allí nos demoramos con la intensidad variable de los trazos que afirmándose sobre el papel nos dejan prolongar el viaje algo más en el tiempo.