Solaris

Por Hernan Olivera

En 1961, el autor polaco Stanislaw Lem escribió la novela de ciencia ficción Solaris. Desde entonces, se han hecho tres adaptaciones cinematográficas; la primera es una película para la televisión de Rusia de Boris Nirenburg de 1968. En 1972, una dirigida por Andrei Tarkovsky, el hijo del célebre poeta, Arseni Tarkovsky; y, en 2002, Steven Soderbergh hizo un remake de Hollywood, dejando de lado los temas filosóficos y de relaciones, centrándose más que nada en la relación romántica de sus protagonistas. Sin embargo, es la del ’72 la más relevante entre estas adaptaciones.

La trama de Solaris es simple: un grupo de científicos estudian las propiedades físicas únicas del océano en un planeta con dos soles, Solaris. El psicólogo Kris Kelvin, nuestro protagonista, es enviado a la estación espacial de este planeta para averiguar lo que está pasando, y determinar si la investigación debe continuar. En Solaris, descubre que los dos científicos restantes, los doctores Snaut y Sartorius, están acompañados por lo que ellos llaman los visitantes. Una mañana al despertarse, su visitante se encuentra con él; es su esposa muerta, Harey. El océano, explora sus mentes durante el sueño y crea manifestaciones físicas de su conciencia -sus pensamientos más íntimos, los conceptos y las ideas- en la forma “Humana” de los recuerdo más anclados y escondidos en su ser.

El libro trata principalmente de las barreras de comunicación; específicamente, la barrera entre los seres humanos y este ser alienígena con el cual no pueden crear contacto, o por lo menos no la definición de contacto que entiende el humano. Trata además, de experimentar una forma de vida extraterrestre cuya inteligencia-conciencia está más allá del reconocimiento humano, que funciona en un nivel que es perceptible pero no comprensible para la conciencia humana. Lem dijo que quería crear un encuentro humano con algo que sin duda existe, pero no se puede reducir a conceptos humanos, ideas o imágenes.

La adaptación de la novela, dirigida por Tarkovsky, trata de una barrera de comunicación similar, excepto que el extraño es uno mismo. No se trata de hacer contacto con el exterior, sino de hacer contacto con nuestro ser interior. Se trata acerca de llegar a las facetas ocultas de la conciencia de uno; de poder manifestarla para así enfrentarla, y ser perfectamente consciente de los pensamientos más íntimos. Tarkovsky utiliza al planeta Solaris como metáfora de su examen de la condición humana. Los visitantes, que son manifestaciones físicas de la conciencia, permiten que los personajes experimenten una visión mas profunda sobre sí mismos.

En lo visual hay algunas opciones interesantes que el director aplica a la presentación general de la película. Por ejemplo, a veces en tiempos aleatorios, elegidos específicamente por sus precisas manos, las imágenes en color cambian a una acción en blanco y negro de gran nitidez, provocando una sensación completamente diferente para el espectador. Estos momentos son generalmente reservados para resaltar mejor una determinada situación y llevar nuestra atención a un estado de ánimo particular que el personaje esta enfrentando. Es una estrategia peculiar que hace de Solaris algo más extraño y único entre sus películas hermanas en el género sci-fi.

Para cualquier persona que disfrute de la ciencia ficción es recomendable que primero lea la novela, compuesta de sólo 200 páginas, llena de curiosidades a tener en cuenta si después se piensa ver la película, ya que se complementan muy bien y crea una base para entender el desarrollo de la misma. Si bien la trama se mantiene (con algunos cambios), el enfoque es totalmente nuevo. Algo que hay que contemplar bien antes de sentarse a ver la peli, es saber que tiene un ritmo un tanto lento en comparación a lo que estamos acostumbrados, y se asemeja más a ver una sucesión de paisajes que a un producto audiovisual de entretenimiento; si se superan esas barreras se puede disfrutar perfectamente de sus 165 minutos.

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