Soledad de aquel que parte

Ojos de mar abierto (Azul)

Al ver la dura y melancólica mirada de aquel señor cuando sonó el grave aullido del barco al partir, enseguida entendí lo que recordó de su lejano pasado joven. 

La soledad de aquel que parte hacia las salvajes y amadas aguas adentro, buscando desesperadamente un pensamiento que lo motive; y allí, del otro lado, un alma paciente lo espera a que regrese de su aventura. Confiando los dos en su cariño.

Allí, entre las aguas carcelarias, busca desesperado alguna foto, una grabación, una carta para tomar como inspiración a su ser, para no volverse loco entre el mundo incomprendido de aquel marinero.

El paisaje era alucinante, pero ya se volvió fondo. Aburrido en su espacio, imagina, en su regreso, el abrazo tan esperado. Aquel choque de cuerpos deseosos vueltos extraños.

Mira la lluvia, lluvia eterna, acompañada del frío que ya no siente, no solo porque su piel esta curtida por su duro trabajo, sino porque su ánimo se endureció.

Escribe una y otra vez sus palabras para aquella alma que espera, que él necesita creer, sentir. Porque él tiene miedo. Miedo de sentir, de olvidar su delicado rostro, su risa, el olor de su piel, el calor de su abrazo y hasta su nombre. No sabe dibujar, sino mil retratos ya estarían en su cuaderno. Por eso, busca una y otra vez las palabras para describirla e inmortalizarla, no solo durante su viaje, sino guardarla hasta en lo más profundo de su piel, por si le toca volver en otra vida, siendo un hombre distinto, y así estaría seguro de que la llevaría con él.

Marinero valiente, solitario, se pregunta si es verdaderamente su único camino, cansado de sufrir por un amor y anhelar su estabilidad. Pero luego, levanta la mirada y descubre que el amor más fiel es quien le rodea, un amor seguro que lo vio crecer: su barco, su flota, su viaje, el olor del río, lo inesperado, lo nuevo, lo extraño, eso es lo que aquel marinero ama.

Aún así, no podría decidir entre sus dos amores. En ese momento, en el que se da cuenta de esto, comienza a preocuparse, alterado, pensando algún plan para unir sus pasiones por fin.

Difícil la vida de aquel que parte, solitario, todo es un pasar, un pasar que de intenso, se hace eterno, nada efímero. Conociendo el afuera, amando lo que conoce, pero también lo que deja.

Difícil la vida de aquel marinero, siempre extrañando, aunque trate de evitarlo, el sentimiento lo persigue en las penumbras de sus fríos y ruidosos sueños. 

Trata de convencerse que no es necesario lo que no lo acompaña, pero no puede por más que lo intente, el sabe todo lo que ama.

Rendido ya, fumando uno y otro cigarro, como si lo ayudara a pasar el tiempo y apresurar su llegada, o al menos su decisión, camina por todo rincón del barco, ya cansado, esperando encontrar un nuevo lugar en ese bote que aún, milagrosamente, no haya conocido.

Al final trata de no pensar más allá, pero ya se le acabaron los delirios que puedan entretenerlo, despertando su miedo. Ya no puede dormir, o no quiere. El trajín del día a día es más fuerte y lo convence de apagar sus ojos, pero no tan fuerte como para lograrlo con su corazón. Éste lo tortura en los sueños. Al final agradable y cíclica tortura, sueña con imágenes y recuerdos más vívidos de quien lo espera, sueña con nuevas historias, para no enloquecer con sus sueños en blanco al siguiente día, sueña nuevos sueños, para seguir moviéndose.

Marinero, despierta ya. Deja de soñar que se volvió realidad lo que tanto anhelabas. Pero la realidad siempre lo sorprende y solo por eso ya es feliz.

Por Julieta Borda García
Arte por Azul Obarrio

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