The Sopranos

 

Por Hernán Olivera

Si alguien hubiera dicho que de un género tan explotado como las películas de mafia italoamericanas de los´70,´80 y ´90 (The Godfather, Goodfellas, Untouchables, Donnie Brasco) con su cuota de familia, religión, códigos de honor y actividades ilícitas, se podría hacer una serie de 6 temporadas y  86 capítulos (1999-2007) tan exitosa e interesante como The Sopranos nadie lo hubiera creído.

No sólo por lo cliché que puede ser la temática, si no por lo difícil de adaptar una historia creíble y llevadera entrando en el siglo XXI, cuando en el subconsciente del espectador están tan arraigadas las décadas del 30 y 40 como principal escenario por el cual se mueven con sus trajes, sombreros y ametralladoras Thompson estos legendarios personajes. Si bien el concepto no es original de por sí, la serie va rompiendo con estos estigmas de la mafia italiana, humanizando y tocando temas y conceptos variados desde el interesante punto de vista de una familia inmersa en la violencia del crimen organizado.

El drama creado por David Chase en 1999, nos cuenta en formato de 1 hora (algo innovador en esos tiempos) la historia de una familia descendiente de inmigrantes italianos que reside en New Jersey, explorando a través de sus capítulos y desarrollando de una forma muy natural sus relaciones y la forma en la que conviven en su sociedad, sabiéndose directamente conectados con el crimen organizado.

La serie se centra principalmente y tiene como protagonista, al padre de familia, Tony Soprano; un hombre que heredó de su padre el oficio de mafioso, que se muestra decidido y fuerte, el cual poco a poco va tomando poder en su  organización, mientras por otro lado trata de equilibrar su vida familiar que se va desmoronando. Al mezclarse los dos universos, distintos conflictos se desarrollan con su madre, su esposa, sus dos hijos y  su sobrino (quien es su protegido en la organización).

A raíz de éstos, comienza a tener ataques de pánico y entrar en depresión, entonces decide comenzar terapia en secreto, para no perder su “poder" frente al resto de la organización ya que lo considerarían una debilidad, algo que él mismo cree por momentos. Su terapeuta es la Dra. Jennifer Melfi, con la cual desde el comienzo crea una relación conflictiva que viene y va, en la que Tony mezcla violencia, agradecimiento, frustración y una tensión sexual y amorosa que es recíproca.

En el apartado técnico, cada capítulo es similar a ver una producción de cine, con una composición de cuadros muy habilidosas comparables a la de Twin Peaks de David Lynch, en el que el objetivo pareciera ser acercarse lo más posible a una experiencia cinemática y no a la clásica serie plana de tv cable.

Sin ir muy lejos, ya su intro nos muestra algo de esta brillantez cinematográfica que cuenta con una gama fascinante de texturas, ángulos de cámara, y ritmos de edición acompañado de un diseño de sonido que destila el espíritu de Tony: la energía motriz del mafioso, su angustia, la violencia y crudeza cómica. Mostrando el corredor de Nueva York / Nueva Jersey en destellos a través de su auto a toda velocidad, que se refleja en sus tazas y su espejo retrovisor, yuxtapuestos con flashes de su imponente y fálico cigarro a través del frente y las ventanas laterales del coche.

La secuencia es una evocación altamente dramática del mundo de Tony y su relación con él. El orden de las imágenes hace que la llegada física culminante de Tony sea a su gran y señorial (aunque algo banal) casa, una metáfora de su llegada social al nivel de la opulencia que lo diferencia del mundo laboral caótico a través del cual él sólo se ha impulsado. Este tipo de lujos que no se suelen dar en series de tv junto a una narrativa compleja y atrapante hacen que la vida de un mafioso y su familia en los 2000 compongan la mejor serie del género que se pueda disfrutar.

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