Todo lo que quieren las guachas

Por Jeremías Felioga

Entre el Leonardo Di Caprio de The Wolf of The Wall Street y el Jonh Travolta de Saturday night fever, Mark Wahlberg es un superhéroe adolescente que solo para de cojer para tomar merca.

La perfecta superposición de planos alimenta a la frenética narración. Todo en Boogie Nights pasa a los pedos. Pero pasa bien. Pasa hermosamente bien. Aun cuando lo que pase sea grotesco. Lo verdaderamente genial de la obra de Paul Thomas Anderson, es la infinita ternura que atraviesa todo. Los personajes están en constante reviente (de hecho algunos revientan), pero siempre los envuelve un halo de inocencia, que convierte a las escenas más turbias de la película, en esos cuadros pop que la gente cuelga en el living. Como cuando Aznar coverea alguno de los indescifrables de Spinetta.

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No creo poder aseverar que se trata de una película linda. En todo caso, ¿existe tal cosa?

-Si, Amelie.

-Si, Big Fish.

-Si, cualquiera de Wes Anderson.

Puede que sea cierto, pero no importa. Boogie Nights, a diferencia de cientos de películas llenas de sexo, cocaína y pervertidos, es linda. Y no solo eso, sino que (y prepárense para leer esto) ¡tiene una buena historia!

¡Ah! y está (me pongo de pie) Philip Seymour Hoffman.

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