Un 24 de marzo

24 de marzo

Malena llegó para cambiarme la vida.
No la llamó nadie, pero ella vino igual y después fue imposible ahuyentarla. Mi relación con Malena era de esas que suscitaban comentarios como “esa chica es demasiado para alguien gris
como él, la va a dejar sin color”. Y estoy de acuerdo, pero de verdad, una vez que apareció, no la pude alejar. Tampoco la quise alejar.
Y es que el amor es así. Un día te conocés, te gustás, te las arreglás para hacer posible el reencuentro, las cosas siguen, la vida sigue, vos seguís, y para cuando te diste cuenta ya no tenés
más las fuerzas que antes tenías para soportar pasar la vida solo.

Ella me convirtió en algo así como un perro viejo.
Me volví una persona tan mansa, que no prestaba atención ni para ponerle bien las proporciones al vascolet.

— Daniel, ¿te puedo preguntar algo?
— Sí, decime.

Un día Malena me vino con algo que ni yo sabía que no iba a poder olvidar. Lo normal era que ella saltara con sus propuestas temerarias y yo solo le siguiera el juego hasta que el tiempo se
llevara los recuerdos sin hacer ruido.

— Esperá, mejor te digo cuando termines con eso porque ya me cansé de desayunar tostadas quemadas…
— Dale, tonta, no falta nada, decime. No se van a quemar.
— Bueno... ¿Conocés la leyenda de las mil grullas?
— Malena, no me digas que es la historia de los pájaros de papel.
— ¡Sí! Ay, qué bueno que ya la conozcas, me ahorrás la primera part... ¡Daniel, las tostadas, las tostadas!

No podían culparme por ser tan afable, les aseguro que si les hubiera tocado a ustedes estar con ella, les habría pasado lo mismo, hasta se les habría llegado a pasar un asado. Malena tenía un talento innato para poner la vida de una persona como quien dice “patas arriba”. Porque ella no aparecía tocando la puerta, llegaba tocando al alma.

— Bueno... Ya está. Ahora sí, ¿qué es lo que pasa con lo de las grullas, Malena? Eso es de oriente.
— Sí, ya sé. Pero no importa, es lo de menos. Lo importante acá es lo que pasa cuando hacés las mil grullas.
— ¿Lo de los deseos?
— En realidad es uno solo y con eso nos alcanza y sobra.

Malena quería que construyésemos las mil grullas.
Quería hacerlas en menos de una semana porque “necesitaba” el deseo para antes del jueves. Yo ya sabía para qué quería ese deseo, y si me lo hubiese pedido otra persona, incluso sabiéndolo me habría parecido un encargo absurdo. Viniendo de ella me limité a decir que era un despropósito dedicar nuestro tiempo a buscar deseos, porque la realidad que nos tocaba vivir no era una donde eso estuviera a nuestro alcance. Malena insistió.

A mí los deseos siempre me parecieron la falacia más comercial del mundo. Si pedirlos fuera gratis, entonces no habría que tirar una moneda en cada fuente; y si cumplirlos fuera tan fácil
como construir papelitos, entonces esa plata que tiramos en la fuente no la daríamos por perdida el noventa por ciento de las veces. Al final todo se resume a tener que ir a ahogar las penas de los deseos frustrados con la tarjeta de crédito.

— Tenés una herencia cabulera por excelencia, Malena. ¿Por qué no te conformás con eso en lugar de ponerte a hacer pajaritos? Tampoco nos sobra el tiempo.
— Ay dale, Daniel. Es una vez en la vida y no te lo vuelvo a pedir nunca más.
— ¿Nunca más?
— Nunca más.

Faltaba un día para el jueves y llevábamos novecientas veinte grullas. Malena estaba desesperada por llegar a las mil, y no la culpaba, yo esa semana me había gastado la jubilación que
no tenía en paquetes de cigarrillos. Todos estábamos tensos, y aunque nadie quisiera decirlo en voz alta, me juego mi encendedor a que no había uno solo que no tuviera miedo. Ese mismo miércoles estábamos terminando la merienda cuando Camila llamó diciendo que hubo un problema con el artículo de tapa. Era el que le había tocado escribir a Malena.
Yo no escribía nunca para la revista, no me hallaba ahí. No tenía la pasión que se necesitaba, y antes de hacer el ridículo y ultrajar los ideales de mis compañeros, prefería quedarme sin nada. No tener nada siempre era mejor que fingir que se tenía algo.

— ¿Estás segura de que vas a ir?
— Tengo que ir. No puedo dejar que salga mal impreso.
— No sé, Malena…
— Daniel, ¿vos viste lo que hicieron? Nos pusieron un mundial en el país, Daniel. ¡Nos están
tomando el pelo! ¡Estamos así y los tipos vienen y nos meten al mundo en nuestro barrio sin que
podamos hacer nada para pedir ayuda! ¡Yo no me puedo quedar callada, no me voy a quedar
callada!
— Bajá la voz.
— Sí, perdón. Mirá, Daniel, es como lo que dijeron los del Buenos Aires: “hay cosas que no se
pueden matar, porque están latentes, porque son vitales, porque son auténticas. Esas cosas son
nuestra juventud, nuestra libertad de expresión...”
— “... y nuestro odio a la mentira y la injusticia”.
Nosotros citábamos esas frases como si se trataran de himnos.
— Está bien, andá y volvé. Pedile a Camila un par de cigarrillos porque me estoy por quedar seco,
después se los pago.
— Veo qué hago para que me los dé sí o sí. Te veo después, Dan, chau.
— Chau, te amo.

En esas épocas, y sobre todo para estudiantes como nosotros, cada despedida se sentía como la última. Evitábamos darlas, evitábamos muchas cosas al mismo tiempo que las enfrentábamos todas. Ese era el precio que le pagábamos a la fuente por pedirle que cumpliera nuestro deseo. Malena llegó a construir novecientas setenta y seis grullas cuando se fue del departamento, mi tarea era terminar con las veinticuatro que faltaban para que pudiera hacer su recado a la diosa mística de las palomas orientales. Ella quería que la publicación de la revista clandestina “El Leviatán” correspondiente al jueves 15 de junio se imprimiera y distribuyera con éxito. Era la primera vez que una de sus redacciones era portada y el artículo tenía una denuncia tan monumental para lo que era en ese año la situación del país, que nadie en la gráfica podía permitirse un error.

Al final el número de la revista salió completo y la recepción fue tan buena que durante los años siguientes “El Leviatán” se llenó de colaboradores. Por mi parte, olvidé lo que era tener la
cocina saturada de olor a quemado.
Siempre fui un apático y un escéptico por naturaleza, nunca creí en el valor de los sueños. Malena no pudo darme nada de eso. Y creo que, en el fondo, ella y yo siempre supimos que mi falta
de entusiasmo por vivir nunca se iba a ir. Como dije antes, es mejor tener nada, que fingir que se tiene algo.

Malena no me dio un sueño en el que creer, ni unas fuerzas extraordinarias para pelear. A ella la palabra “luchadora” le quedaba chica, pero si tengo que hablar por eso, entonces Malena no
pudo lograr nada. Y es que tampoco había mucho que hacer con alguien que no mostraba devoción ni siquiera por su causa política. Es muy complicado vivir como un desidioso, porque cuando vivís así te pasan cosas como que se te quemen las tostadas y no te importe ni siquiera rasparlas para que sepan mejor. Para que te importe rasparlas o que no se te quemen, necesitás que esas tostadas vayan a la boca de alguien más.

A Malena la secuestraron la noche de ese mismo miércoles mientras volvía a casa estando a dos cuadras de la gráfica. A mí me faltaban dos grullas para llegar a las mil y las había dejado sin hacer para que las terminara ella porque, al final, la idea había sido suya. Nunca pasó.
Hubo muchas cosas que ella no pudo darme, y si no hablo de lo que yo no le di, sencillamente es porque no me da la cara para decirlo en voz alta. Al final, fui la persona que se llevó todos sus  colores. Me hubiese gustado que se los quedara, porque yo no tuve fuerzas para nada más que para guardarlos en una caja llena de pájaros de papel.
Incluso así, puedo decir que Malena dándome nada, me lo dio todo. Ella siempre, desde el día uno, me dio sus sueños. Me dejó conocerlos, me dejó estar al lado de ella mientras los perseguía. Malena hizo que viera que si yo no podía soñar, por lo menos podía enamorarme de cómo soñaban otros.

Yo por ella hice mil grullas, y hubiese dado lo que sea por poder regalarle mil grullas más. Porque seis años después estoy acá, te traje las mil grullas y vine a pedirte que me perdones. Dejé que las tostadas se quemaran de nuevo.

 

Cuento y arte por Sofía Morgana

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