Un ángel enamorado

angel enamorado

Las ventanas estaban de brazos extendidos, las cortinas puritanas se contraponían desde los extremos, mientras el viento les daba aliento ondeándolas en pleno día amarillo. Era un día maravilloso de esos pocos que en el año los algodones suben a nadar al cielo.

Decían que ella a veces lloraba de rodillas entre los pasos de la gente gigante. Decían que a veces el universo era despoblado y ella era la única habitante, que cuando cerraba los ojos podía reiniciar el tiempo y sus lágrimas eran coleccionadas por los dioses para luego sanarse las heridas.

Él aún recordaba la primera vez que vio a un ángel bajar del firmamento, y aún mucho más que eso: tomar el subterráneo. Decidió comprobar si era real lo que sus ojos veían y se acercó hasta ella ingeniándose una pregunta para hablarle. Bien le habían advertido al ángel que no debía hablar con ningún humano, mucho menos ¡impensable!, enamorarse, pero a ella se le olvidaron todos esos parlamentos al ver sus ojos marrones y su sonrisa acurrucada en medio de su barba, e inevitablemente sólo pudo devolverle una sonrisa.

Desde ese día él la proclamó trofeo y ella a él, único planeta existente.

A él nunca le enseñaron a tratar ángeles, jamás le dijeron que una vez que un ángel se rompe no vuelve a rearmarse, o que a diferencia de los humanos, ellos no pueden continuar viviendo si algo en su esqueleto fallase. A ella eso fue lo único que no le previnieron.

Ese día era maravilloso. Las ventanas del quinto piso de aquella habitación se abrían crucificadas, las cortinas albinas brillaban bajo un sol hecho de oro.

Abajo, inerte.

Yacían dos alas.

Ella había intentado regresar a donde pertenecía.

 

Por Astrid Pilpe

Foto por @oulalafx

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