Un árbol que se olvidó que era árbol

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"Ahí, donde está el árbol es la parada".

Mientras esperaba el colectivo incierto aquella noche húmeda, aburrida en mis pensamientos, tanteando entre círculos y diversas poses, me rendí en la espera apoyando mi mano en el árbol que indicaba la parada.

Al tocarlo, dudé sobre su realidad. Esa corteza no era normal, parecía artificial. Bañada en el humo constante de la ciudad, que a toda hora, todos los días, millares de autos pasaban a su lado ahogándolo, no podía hacer otra cosa que lograr transformar su corteza crujiente, llena de savia y vida en un pedazo grasoso, duro y oscuro de plástico, que apenas mostraba signos de vida.

Entonces me di cuenta que aquel árbol, como muchos seres de ciudad, se había vuelto inerte, cíclico, estaba allí y vivía por inercia, se había olvidado de que era un ser lleno de vida. Estaba solo. Siempre estuvo solo. Nunca pudo sentir el real vibrar de la tierra, a cambio, creció entre los falsos movimientos de suelo asfaltado, movimientos producidos por la exagerada cantidad de transportes y gente que invadía el territorio sin cuidado alguno.

Las hojas tristes, con un brillo opaco, apenas bailaban ya, no importaba el viento que soplara, su danza se había vuelto torpe, sin vida, algo rígida y automática.

Atónita de la extraña sensación en mis palmas, lo seguí observando. Ahora era un árbol de fondo, ni siquiera para embellecer el espacio, ni para dar vida, ni oxigenar. Parecía que su presencia llegó en efecto de alguna calamidad, esas jugadas inoportunas e infortunios del azar. Se sentía olvidado, desvalorado, su razón de ser ya no tenía sentido. Lo reprimieron.

Tanto ruido, y ninguno era de los cantos del pájaro o el chillar de los grillos. Quizá nunca aprendió a dar flores, porque su inspiración a contagiar belleza se vio nublada por el individualismo y apuro de las personas.

El árbol solo, ya vuelto plástico inerte, necesitaba recordar que aún vivía. Necesitaba sentir el cariño de algo natural, alguna paloma o persona; volver a disfrutar de las más pequeñas brisas, de las más fuertes lluvias o el sol más candente. Probablemente necesitaba recordar que a pesar de todo, su existencia es noble y poderosa.

Compartiría sombra en las tardes de 40 grados, resguardaría algunas tormentas a quien esperara el colectivo, daría oxígeno al poco aire que se puede respirar; sería esa pequeña ración de naturaleza que muchos anhelan rodeados del gris cemento.

Él también sintió el calor de mi mano, mi atención y presencia; se reconfortó, y volviendo a danzar fluidamente entre sonoros parpadeos, orgullosamente volvió a ser árbol. El árbol de la parada. Era necesario en esa esquina tan humanamente salvaje.

Siempre había estado presente, para inspirar vida y belleza, hacer más amena la rutina de la espera o el pasar desenfrenado, al menos para aquellos ojos sensibles e inquietos que andan en su búsqueda. Ojos que se multiplican. Su trabajo era silencioso, pero logró despertar el cariño de muchos del barrio. Nunca fue un árbol solo.

 

Por Julieta Borda García
Arte de Nadia Fischbein

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