UN PASEO A TRAVÉS DEL ABSURDO

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Por Mario Flores

¿Cómo se dirá choripán en albanés?
¿Qué es "demencia"?
¿Cómo se dirá bizcocho en kosovarí?

Preguntas como estas aparecen todo el tiempo en la mente despeinada de Miguel Suárez, el protagonista de Suárez en Kosovo (Editorial Entropía, 2018), la primera novela (y primer libro publicado) de Eric Barenboim. Son preguntas casuales, preguntas disparadas por la fuerza misma de la situación (porque la novela está posicionada en un territorio extraño y desconocido, donde somos todos - personajes y lectores - un poco extranjeros y alejados de cualquier idea de normalidad), pero también son preguntas que buscan cavar un poco más hondo: a la esencia misma de las cosas, a su forma y su organismo. El órgano vivo que son las palabras. Y la capacidad que tienen de "encontrarnos". Suárez, un personaje que puede ser tímido y pusilánime en algunos momentos, heroico e inspirador en otros, se deja llevar: se deja atravesar por el paisaje frío, por la distancia idiomática, por la ausencia completa de certezas.

Es fácil escribir historias que se desarrollan en lugares lejanos. Yo las llamo "literatura de turismo": elegimos un personaje que pueda cautivar a pesar de su fragilidad emocional o personalidad arisca, lo ponemos en un paraíso tropical y rellenamos las páginas con descripciones de paisajes, atracciones turísticas, lugares comunes para el ojo del viajero, frases motivacionales sobre encontrarse a uno mismo, etc. La gente gusta mucho de estas historias, es fácil identificarse con ellas, y más de una vez el lector termina convertido en espectador cuando la novela es llevada al cine.

Pero eso no es lo que sucede con Suárez en Kosovo. Principalmente porque arranca con más dudas que certezas. Y porque nos arroja en la primera página a un país extraño, nada ordinario, nada tendencioso. Todo lo que sucede es - verdaderamente - nuevo. Cualquier coincidencia espacial o temporal, son apenas pequeñas pistas para no perder el hilo de la novela, pero la historia es en sí misma un extravío. Suárez, un viajante que vende aparatos ortopédicos, deviene en turista, luego en impostor aventurero, luego en preparador físico de un jugador de fútbol (que también se apellida Suárez, y piensan que es él porque el crack nunca se presenta en la novela), luego residente, luego turista otra vez. El sabor a incertidumbre no se pierde nunca.

A lo largo de 17 capítulos breves (es una narración catalogada como novela breve), Suárez el kinesiólogo arriba en Kosovo preguntándose cuánta yerba le queda, se presenta ante el guía del Hajvalia Football Club, que le dice “León” confundiéndolo con León Suárez, el delantero de la selección uruguaya que acaban de comprar, a quien se supone que Suárez debe hacerle masajes, pero el malentendido nunca se resuelve. Barenboim usa una voz omnisciente y portentosa, la voz del todo, de la nada por el todo. Un narrador que conoce su poder y, de hecho, nos da una probada:

Cuando la humanidad se pregunta qué es la felicidad, cuento la historia de Suárez en Kosovo. No es feliz en todo momento. Tampoco es seguro que en los días de lluvia caigan gotas durante veinticuatro horas. Pero siempre aparece el chaparrón.

Las preguntas van más allá del hábito de supervivencia (aprender el idioma ajeno para comprar un agua mineral, saludar, memorizar direcciones) y se centran en lo sustancial de las cosas: Suárez tiene preguntas todo el tiempo, es un personaje no tan enigmático que es catapultado a mil situaciones de estrés por otros personajes que sí son enigmáticos: los kosovares y sus calles con nombres proféticos, los billetes de euros que le caen del cielo, la Residencia Familiar Pristina Dorada (una suerte de mansión de todos y de nadie donde encuentra un atisbo de lo que ha quedado lejos). Después de un tiempo se acostumbra al absurdo de no saber dónde está parado (se acostumbra o empieza a tomarle el gusto) y el paseo a través de lo inaudito se vuelve más palpable. No por eso la novela deja de parir pasajes oscuros, paródicos, donde la fatalidad es el tapiz único.

Anoto que no es sólo la primera novela de Eric Barenboim sino también su primer libro publicado, porque para quienes lo conocemos de antemano es un dato importante. En la solapa del libro se lee: "Eric Barenboim (Colegiales, 1987). Es realizador audiovisual y poeta performático. Suárez en Kosovo es su primera novela". Nada más. Nada de solapas con currículums extensos. La novela se sostiene por su propio peso, por su propia densidad, y es eso lo que importa. Un apartado también para la nota que abre el libro, que advierte el uso del lenguaje inclusivo en algunos pasajes del relato, donde el grafema /x/ representa al fonema /e/. Lxs diosxs. Lxs mellizxs.
Resultando ganadora de la categoría Novela Breve de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2017 (con un jurado integrado por Fabián Casas, Gabriela Cabezón Cámara y la editorial Entropía), se trata de un libro complejo a pesar de ser liviano. En especial ese pasaje tan atiborrado de imágenes, como si de una enumeración caótica se tratara, que reproduzco a continuación:

Llegaron desde la distancia melodías indiscernibles, entremezcladas. Provenían de altoparlantes diversos, distribuidos por las arterias comerciales en las que torrentes de compradores se confundían. Cerca de los primeros puestitos, Suárez pudo escuchar con más precisión. La voz de un hombre estiraba notas largas, las hacía vibrar, acompañado por una suave percusión. Le recordó al sonido del agua, y pronto se sintió ingresando en un tanque hipnótico.
[...] Vio las pavas eléctricas, los cargadores de celular, los juegos de cuchillos, los relojes, las réplicas de la Torre Eiffel, la camiseta de Messi, la otra camiseta de Messi, y se vio a sí mismo dos años atrás, en Londres, más precisamente en Camden Town, comprando una camiseta trucha del Manchester FC con el 7 en la espalda bajo el nombre "Suárez", para hacerle un chiste a su amigo [...] se sintió perseguido, la multitud hormigueante a su alrededor, se vio comprando una especie de Mantecol balcánico que Junior le dijo que era típico y el sabía que era medio-oriental, y se le ocurrió que tal vez el Oriente fuera sólo sinónimo de exotismo idílico: Uruguay para Argentina, Turquía para Europa, Japón para el planeta entero, salvo para ellos mismos, claro [...]
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Después la confusión, adquiere una cierta respuesta de lucidez pero será solamente luego de que Suárez desenrede una madeja imposible entre contratos, trámites, historias corporativas del fútbol y otras cosas que le añaden a la novela un hálito de pesadumbre por encima de lo cotidiano. Al final, como el narrador nos adelantaba ¿sin que supiéramos? se trata de una historia feliz, encriptada por lo extraordinario (pero no lo extraordinario fantástico sino lo puramente extraordinario, lo que escapa a la comprensión habitual). La novela relata un poco de la historia de posguerra, un poco del intrincado mundo de los clubes europeos de fútbol (narrándola de una manera entretenida incluso para los que no entendemos un pomo del tema), un poco de paisaje, un poco de enrevesados diálogos que nunca están finalizados porque no hay manera de hablar más: la distancia lo dice todo. En el texto de contratapa del libro dice: "Eric Barenboim ha logrado un libro agudo, cándido y disparatado". Reafirmo lo último: disparatado, sin caer en el efectismo de lo escandaloso, porque la novela transcurre aquí, en nuestro propio mundo. Sólo que mucho más crudo. Más real.