Una idea de como es

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El timbre sonó tres veces. Tres tan cortas y precisas que no pareció real. Aunque me paré de un salto de la cama, de alguna manera me lo esperaba. Iba a llegar. Después de un tiempo al final me habían encontrado. Ya era hora. Yo me venía haciendo el boludo. Aunque me decían que no servía para nada, yo igual me esforzaba. Quería que les cueste. No iban a encontrarme tan fácil. Cuando volvía a casa de noche miraba a lo largo de la calle para que no me sorprendan. En el barrio se decía que no convenía parar cerca de la estación. Tenían cámaras o algo. Agarraba calles cortadas. Usaba capucha de día y hasta le compré a un negro uno de esos raybans hechos de baldes mal reciclados. Me vinieron bien, no quería mirar a nadie. Igual no alcanzó. Nunca alcanza. La gente mira igual. Siempre.

Era un jueves feriado el día que me visitó. El mediodía amenazaba con clavarse ahí para siempre haciendo la vertical. Yo leía y fumaba los peores cigarrillos del mundo. Mantenía mi rutina. Después del timbre abrí la puerta sabiendo. Cuando llegaban lo hacían con todos los datos suficientes. Había que abrir.  Tuve que acomodar los ojos para abajo después de mover la puerta. No medía mas que una nena, llevaba un anotador en la mano y me impresionó el color de su piel. Parecía colgar del aire. ¿O flotaba? Era verdad que usaba un vestidito de bailarina. No encontré ninguna palabra para recibirla. Empezó ella. Me hizo un favor.    

—Julián— la voz no tenía nada que ver con su cara. 

Yo sonreí nervioso. Tomó una nota rápida después de ver mi reacción y entró.  

—Hola—le dije. Todavía tenía el libro que estaba hojeando en las manos. Por primera vez en muchos días me dió vergüenza la cantidad de zapatillas, libros y cositas descartables que alfombraban el piso. Empecé a juntarlas y puse cara de disculpas. 

—Me agarrás justo, perdoná 

—Está bien Julián-—dijo y escribió algo más —no hace falta—. 

—No, es que no me esperaba que, bueno, vos sabés, es feriado 

Mientras metía las medias en cualquier cajón me sentí un boludo. Sabía que iban a venir al final. No me costaba tanto. Pasar el escobillon. Despegar los fideos de la cacerola. Ella me interrumpió.  

—¿Nos sentamos?

Nos teníamos que sentar. Le pasé una mano rápida a una de las sillas para sacarle el polvo y se la acerqué. No quería que empezara a hablar. Yo sabía que era un deseo tonto. Ella había venido a eso. Ellos venían a eso. Se sentó y cruzó las piernas. Yo seguía sin encontrar un lugar en el departamento. Apoyó su anotador y me miró. Me sentí desnudo, como en los sueños de los chicos. 

—Bien. El proceso es simple Julián

Le dije entonces que no había desayunado. Que si podía hacerme un té. Ella no contestó. Escribió algo mas. Cambió de posición el cuaderno y metió los ojos en la única ventana que tenía el departamento. La luz entraba en cuotas miserables. De repente pensé en Vera, era extraño. Ellos ya estaban acá y yo recién pensaba en Vera. Siempre jodía con esa luz. Las luces son importantes para algunas personas. Por donde entran, por donde se van. La volví a mirar. Estaba tan quieta que por un momento pensé que se había quedado dormida. En realidad no sabía si podían quedarse dormidas, o si simplemente en algún momento se apagaban.   
—¿Así que se trabaja los feriados? —si con los remiseros funcionaba con ellos quizás también. No eran tan diferentes después de todo. Se lo dije sin mirarla. Cuando empecé a revolver un té, volvió a hablar. 

—¿Hace cuanto pasó?—  

Me ignoró. Sentí el primer pinchazo. En realidad no sabía. ¿Cuándo había pasado?. Era difícil poner un número. Había dejado de contar los días, me ponía más nervioso. En todo caso eso le importaba a ella, o a ellos. A mi no. Contar los días no me servía para nada.   

Le dije que no sabía exactamente cuánto tiempo. Anotó la respuesta, aunque no se conformó.    

—Pero, ¿hace cuanto pasó? 

Sabía que insistían. Pero en ese momento me di cuenta que no sabía cuanto yo iba a poder aguantar ese terror.     

—Tres meses creo.

—¿Tres meses entonces? 

—Si. Dos, tres. 

 Mentí. Eran ocho por lo menos. El clima había cambiado mucho. El último choque con Vera había sido en pleno verano. Habíamos cogido después de discutir. Una mezcla de odio y calentura. Brindamos con transpiración por lo que sabíamos que nos esperaba. Después no hubo nada más. El pelo mojado, la ropa, la puerta. Ahí empezó el humo. Tres meses no podían ser. Puso algo más en el cuaderno. Después lo cerró. Traté de darme cuenta si me creía o no.  

—Párate Julián por favor. 

Me quedé sentado. ¿La respuesta no le había gustado? ¿Qué pasaba si la hacía esperar?. La idea me dió risa. Le miré la cara. Los bordes. Recién empezábamos y yo quería que se vaya, desaparecerla.  

—Julián, parate por favor—

Me paré de golpe. La quise apurar, saber si se asustaba, pero no pasó nada. Sacó una cinta métrica del bolsillo. Acercó una silla. Se subió. Me di cuenta que no tenía ningún olor  y que yo todavía estaba en calzoncillos. Se subió a la silla y me pidió que sostenga con el pie una punta de la cinta. 

Ella estiró y la llevo hacia mi cabeza.  

—¿Y de ella saben algo? ¿Volvió a trabajar? ¿Como está?

Nada. Anotó y se bajó filtrando una vez más mis palabras. 

 Después sacó una balanza de su mochila. Nunca entendí para qué necesitaban saber, también, eso.  

—Subí Julián, por favor— Me sorprendí. Cinco kilos menos. Quería frenar  todo eso de golpe y volver a fumar los peores cigarrillos del mundo. Ella no iba a parar. 

 Entonces fué a la heladera, parecía haberse olvidado de mí. 

—No hace falta, no la estoy usando mucho—le dije— Pasó algo con el motor. Ya la voy a arreglar.  

 No me contestó o no me creyó porque siguió adelante. Había algunas cervezas. Botellas de agua y frutas. Muchisimas frutas que había comprado un día en que había planificado el fin de todo esto. Las frutas estaban todas ahí pudriéndose. A estrenar.

 Me pareció ver que al cerrar la puerta blanca confirmaba algo.     

Después sacó de su mochila el cuestionario. Lo iban cambiando. No usaban siempre el mismo. Lo dejó arriba de la mesa. 

—El formulario es claro. Se completa con cruces y escalas del uno al diez. Después vamos a terminar Julián.

Terminar no, pensé. 

—¿Y para qué necesitan esto?—me empezó a temblar la voz. 

—El formulario es claro— repitió.  

—¿Pero ella lo contestó? ¿Volvió a trabajar?

Una vez más miró el cuaderno.  

 Miré el formulario. Me dolían las muelas. La primera pregunta era sobre qué tan feliz me sentía del uno al diez. La segunda si consideraba que estaba durmiendo las horas necesarias. La tercera sobre si estaba haciendo las cuatro comidas. Seguían. Si me estaba yendo bien en el trabajo. Si tenia relaciones sexuales. Si me había vinculado, de nuevo con otra persona y en caso afirmativo si me había costado. Un apartado para detallar cualquiera de esas dificultades.  

Intenté empezar. Pensar un número de los que me ofrecían para resumir los últimos meses. Marqué el dos, el dos me gustaba. Después me paré. Decidí que no iba a completar el formulario.    

—No puedo, no sé contestar esto todavía- ella repitió de nuevo, que el formulario era claro y de nuevo con eso del uno al diez— me paré.   

—Yo todavía no puedo completar esto— le escupí—, ¿Ella lo respondió? ¿Vera contestó?

—Se completa con cruces y escalas del uno al diez. En caso de no responder, Julián, nos permitimos tomar algunas...   

No escuché más. Primero le tape la boca. El chorro de palabras cortó. La sacudí con fuerza como para ver si hacía algún ruido. Nada. Le hundí los dedos en los lados del cuello y apreté. No sé qué mecanismo hizo que cerrara los ojos. No hubo ningún sonido. No pareció perder el aire ni trató de zafarse. Después de un rato solamente la solté y se fué deslizando.  Quedó acostada, como dormida. Parecía un ángel entre las latas de cerveza que hicieron un ruido de fin de fiesta cuando las removió. El cuaderno cayó a un lado abierto por la mitad. 

El silencio no tuvo tiempo de nacer. Yo tampoco a recalentar el té, comer al fin una manzana o prender uno de los peores cigarrillos del mundo.  El timbre sonó otra vez. De nuevo, fueron tres veces, tan cortas y precisas que no parecía real.  

Cuento por Emanuel Galante
Ilustración por Rocío Varejao