Viajamos en el tren con un ramito de flores

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A los dos nos llenaron de promesas de chicos. Nos dormimos siempre oyendo un susurro premonitorio algo escalofriante. Aprendimos y aceptamos. Convivimos y temblamos. Una vez viajamos juntos en el tren con un ramito de flores, temblando otra vez. Nos fuimos lejos, caminamos en subida. Cavamos un pocito en el jardín del frente y dejamos el ramito de flores adentro. Volvimos a temblar. Lloramos recordando aquel susurro que nos hacía dormir. El susurro que nos enseñó a estar preparados a que nos rompan todos los huesos de repente, a que se nos queme la piel y no sepamos por qué. Cubrimos el ramito de tierra y miramos al suelo en silencio, pero sabiendo que en cada pétalo y en cada florcita dejábamos todas esas voces que nos perseguían. Una enfermedad, una bala perdida. Una de las cosas que aprendimos fue que cuando algo muere, vuelve a nacer en uno y se transforma en una fortaleza. Y esas florcitas que enterramos volvieron a crecer. Ahora viajamos pero no llevamos más el ramito, porque lo dejamos enterrado. Y seguimos viajando y viajando, dejándolo crecer, para que de los huesos rotos y la piel quemada crezcan flores. Viajamos, por las vías, escuchando la misma canción. Nos miramos, repletos de pimpollos y seguimos temblando.

 

Por Lucy Chantada
Arte de Martina Carrubba

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