WESTERN MADE IN ARGENTINA

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Por Mario Flores

¿Quién compra un libro en cuya tapa aparece Clint Eastwood? Cuando se escribe El bueno, el malo y el feo en el buscador de Google, al instante aparece una sinopsis que dice:

Tres hombres violentos pelean por una caja que alberga 200.000 dólares, la cual fue escondida durante la Guerra Civil. Dado que ninguno puede encontrar la tumba donde está el botín sin la ayuda de los otros dos, deben colaborar, pese a odiarse”.

El dibujo de la portada de Dos cachorros de sicario, del cordobés Nicolás Ghigonetto nacido en 1989, es un collage digital del Hombre Sin Nombre, con el poncho y el sombrero, un hilo de humo saliendo aún del arma desenfundada, y manchas de sangre salpicando el título y el logo de Kintsugi Editora. Hay siete cuentos en el libro, y lo que ocurre en la mayoría de estos relatos (que también pueden leerse como mini films) es justamente el cruce de esa barrera en la cual los personajes colaboran a pesar de odiarse.

En el prólogo del libro, Mariana Komiseroff apunta que “las masculinidades de Ghigonetto en este libro huyen de los estereotipos y los recuerdos de la infancia se vuelven amables a fuerza de insistir sin juzgar en las imágenes con violencia”. Esa violencia, esa dimensión descarnada del drama en la cual se establecen las acciones que desencadenan nuestra perdición o nuestra redención, es el espacio en el cual los personajes mínimos de Ghigonetto buscan un territorio al cual pertenecer.

Que nunca se acaben las ofrendas al absurdo. En primer lugar, un cuento del libro que se titula “Un auto por día”. Los cortes de texto en los relatos de Ghigonetto no son desconcertantes: desde el punto de vista estructural, todos son “cuentos cortos” -para usar una etiqueta de catálogo- y sus quiebres de voz y perspectiva son muy cinematográficos, como si las divisiones capituladas internas de cada cuento fueran movimientos de cámara. Hay un taller de autos cuyo dueño es un mecánico ‘caro y lento’, que sólo trabaja un vehículo por jornada, no más. En todos los cuentos del libro aparecen estos estereotipos culturales del oficio masculino, el deporte masculino, la guerra masculina y, por supuesto, el ridículo masculino. El mundo de lo automotriz, el boxeo y el tiroteo aparecen como géneros menos negros y más irónicos. En “Un auto por día” todo comienza con un chat (o una escena dialogal que entendemos como chat a pesar de que no se lo diagrame como chat). El mecánico alecciona sobre uso correcto de puntuación y faltas de ortografía en la telefonía celular; de autos, nada todavía. Después, el cliente rememora las andanzas técnicas que lo llevaron a optar por este mecánico misterioso y lingüista, y en medio de lo anecdótico empieza a samplear textos de manual, definiciones técnicas que ejemplifican ese cuelgue mental: en vez de poner atención a los pormenores del arreglo, el vuelo de ideas te lleva a pensar cómo funciona una radio; de autos, nada todavía. Al final, se reúnen el cliente y el mecánico, pero no se hablará de autos en este cuento: hay un DJ con vinilos mezclando música disco. Es otra variación de un elemento de extrañeza que se burla rotundamente de la premisa: toda esa gravedad y seriedad impostada propia de los muchachones con las manos engrasadas que fruncen el ceño al modo argentino cuando se juntan alrededor de un motor caprichoso, aquí se transformó en fiesta, divague mental, inseguridad personal chistosa y desconcierto.

Un western made in Argentina. El cuento más largo del libro, “Dos balas y una coda”, es un buen ejemplo de lo que me gusta denominar “dinámica narrativa de aleatoriedad gamer” (pensando en Qué hacer, de Pablo Katchadjian y Wonderboy, de Yair Magrino), o sea, este aparato narrativo en el cual los personajes son caracteres que actúan en un escenario mutante y reiterativo, que los usa de acuerdo a un arco dramático ya establecido: no existe la suerte ni tampoco la épica costumbrista de los pistoleros. Aquí los chalecos de cuero llenos de polvo del desierto y las tabernas de madera vieja se mezclan -o entrecruzan- con ringtones de celular, claves alfanuméricas de trucos de videojuego y psicofármacos. Hay varios personajes, pero yo les diría jugadores, y todos forman parte de una guerra tan random como federal. “Si vos me matás, no ganás nada. Empezamos de vuelta al comienzo del juego”, dice uno. Básicamente, el mismo mecanismo que utiliza Ghigonetto con los capítulos internos del relato, esos revólveres chiquitos que en la edición usaron como separadores. La tercera parte del cuento se titula “El último verano”, y allí ya no está el escenario agreste sino otro más familiar y noventoso: todo el juego de balas, pólvora y héroes de la clandestinidad no existen. La “coda” del título puede funcionar como un regreso, un cuento original, la base. Toda guerra es un juego de la infancia, y los personajes que antes cabalgaban airosos con todos los clichés posibles del mundo vaquero mexicanizado, ahora son los adultos ebrios de un mundo que cada vez se vuelve más pequeño aunque parezca cada vez más grande. Es como si la lectura del cuento fuera dar un paseo por el set de una película: con los escenarios a la mitad, las casas llenas de luces y cables, las cantinas hechas a medias con madera. Después, es posible volver a leerlo de este lado de la pantalla (o página). La mejor escena del cuento se da en uno de esas cantinas:

Una morocha y otra rubia. Solas y sin cuidado aparente. Lo invitaron a sentarse. Se acercó esquivando a unos borrachos que gritaban y levantaban las manos para todos lados. Quitó el arma de la vaina. La dejó sobre la mesa. Les preguntó sus nombres.

      –  ¿Y esos pantalones, señor?

      –   Sé que no existen pero yo ya los tengo.

Sonrieron juntas y dieron un sorbo a sus tragos. Una intentó tocarle la pierna para sentir la textura. Santos la frenó:

     –    No toque lo que no va a comprar.

     –    ¿Y usted qué sabe cuánto dinero dispongo, señor?

     –    A los precios los pongo yo, a los negocios los hago yo.

El cuento homónimo de este libro, que justamente aparece al final, incluye un palo a Acción Poética, y solamente eso ya le ha otorgado el mérito de trascendencia. Lo que sucede con los escenarios posibles (incluso los más familiares y minimalistas, como en los cuentos “El taller” o “Un día en las carreras”) es que los personajes de Ghigonetto están más ocupados en la acción que en el diálogo: todo lo que puede parecer abrupto es el peso de la palabra que está ausente. Los hermanos que pelean por un póster o que se hacen bromas pesadas (ambos son cuentos que personalmente me molestaron un poco al leerlos porque yo también tengo un hermano mayor que es un pelotudo insalvable), refleja ese espíritu de competencia fraterno tan católico. Un espíritu que también aparece en los cuentos más crudos del libro: una chica desaparece en “Días tranquilos en Saint Rémy”, después de pasar unos días en el departamento que el protagonista está cuidándole a un amigo. Vienen los padres a buscar información sobre el paradero de la piba. Al final, intercambian besos después de charlar sobre Proust. De la desaparecida, ni líneas de diálogo. Esa ausencia del golpe es lo que marca el pulso en los cuentos de Nicolás: no abusan del efecto que hace la bala al impactar con el cráneo del malo de la película, sino que estiran -a veces, de más- los cameos donde se contempla la rigidez de los rostros y la tensión de la historia, pero también deja una rendija para alcanzar a ver la silla desde la cual el director del proyecto da las indicaciones al camarógrafo y el sonidista.