What If…? El Hombre en el Castillo de Philip K. Dick.

 

Por Mauricio Olivera

"La pura luz y la pura oscuridad son dos vacíos que son la misma cosa"

W. F. Hegel.Ciencia de la lógica

 

Hay una pregunta que habitualmente ronda en cualquier conversación sobre ciertos hechos que nos parecen lamentables o que simplemente ofrecen el espacio para pensar sus múltiples causas: “¿Qué hubiera pasado si (inserte aquí hecho concreto)? ¿Cómo hubiese sido si (inserte aquí otro hecho concreto)?” En el campo de lo histórico, en ese particular lugar académico de la “ciencia” de lo histórico, siempre fue considerado un gesto inútil el ponerse a formular este tipo de preguntas. La construcción de una historia contrafáctica fue siempre mal vista, en tanto da pie a especulaciones sin ningún tipo de fundamento. Sin embargo, este tipo de disquisiciones son un elemento recurrente dentro del mundo de la literatura. El género de las ucronías ha sido ampliamente recorrido por una gran variedad de autores. Y aunque parezca un ejercicio inútil, no solo despierta la curiosidad del lector, sino que muchas veces puede iluminar un aspecto de lo presente, cuestionar nuestra realidad actual. Quienes somos, los círculos sociales que habitamos, nuestras costumbres y formas de comportarnos derivan de una serie de hechos que bien pudieron no haber ocurrido, o haber ocurrido de alguna otra forma. Es en este punto intermedio entre el puro azar y la más estricta relación de causalidad que se inserta el género de las ucronías.

A este género pertenece El Hombre en el Castillo, escrito por ese maestro de la ciencia ficción que es Philip K. Dick, autor de, entre otras obras, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, cuya adaptación resultó en el film Blade Runner, y Podemos recordarlo todo por usted, que fue adaptado al cine bajo el nombre de Total Recall. A diferencia de estas obras, El Hombre en el Castillo no es un escrito que trate de imaginar un futuro distópico, sino que construye un pasado alternativo que desemboca en un presente convertido en otra realidad. Publicado en 1962, este libro ofrece una visión alternativa del presente de esa década del ’60, en donde efectivamente hay una Guerra Fría, pero sus protagonistas no son los mismos. Es que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial fueron Alemania y Japón y el mundo de posguerra está dominado por ellos y su solapado conflicto. EEUU e Inglaterra fueron vencidos, el primero particionado entre las potencias ganadoras y el segundo anexado a la Europa Festung alemana. En este contexto de un Estados Unidos partido y sojuzgado, con la parte Este bajo influencia alemana, la Oeste bajo influencia japonesa y un estado tapón entre ambas, es en donde Dick va anudando las historias de varios personajes que van relacionándose entre sí y develan como es este mundo de posguerra, sus avances, conflictos e intrigas, exactamente quince años después de la conclusión del conflicto armado. No se trata entonces de un hilo argumental único, sino más bien de una red argumental en el que se van entrelazando estas diferentes historias en el marco de la Costa Oeste norteamericana, que está fuertemente influida por la cultura oriental, sus costumbres y su particular ordenamiento social. Como parte de estas costumbres se encuentra el uso del I Ching, antiguo libro adivinatorio de origen chino, como oráculo. Gran parte del desarrollo de esta historia está ligado a las decisiones y reflexiones de los personajes en torno a las sentencias que este oráculo les comunica. La cosmovisión dominante, marcada por el predominio del taoísmo, lleva a asignarle a cada acción, a cada objeto, a cada persona, un sentido y un lugar en el orden del continuo movimiento del camino del Tao.

Por otro lado, otro libro, prohibido por los alemanes por su contenido subversivo, influye de manera decisiva en el desarrollo de la historia. Se trata de La langosta se ha posado, un libro escrito por un tal Hawthorne Abendsen que muestra una visión alternativa de la guerra y su resolución: EEUU e Inglaterra, con la ayuda de los rusos, se imponen, el Eje es derrotado y comienza una situación de tensión similar al presente, con Inglaterra y EEUU disputándose la hegemonía mundial. Este pequeño libro atrae a alemanes, americanos y japoneses por igual. El poder imaginar una realidad alternativa es siempre algo muy seductor.

Aquí observamos un genial recurso puesto en juego por Dick: son dos metarelatos, dos libros los que conforman el marco en el cual los personajes se enfrentan a sus decisiones e incluso los llevan a cuestionar su propia realidad. La potencia de estos libros, fruto de su carácter mutable, móvil, casi vivo, son las que desencadenan toda una serie de hechos. El devenir se encarna en ellos o, mejor aún, ellos encarnan un devenir, mutable pero inexorable. La visión alternativa de la guerra, una fantasía que fue creada como un mero juego especulativo, cobra hacia el final del libro una espeluznante materialidad.

Acá concluye el resumen del argumento del libro, tratando en la medida de lo posible de evitar demasiados adelantos, léase spoilers, para quien quiera sumergirse en su atrapante lectura. Este pequeño resumen me es suficiente sin embargo para poner de manifiesto algo que ya comenté: la maestría de Dick para utilizar a un libro como el I Ching, cuya potencia roza lo metafísico, para construir el corazón argumental del libro. Y este uso puede entenderse en el más amplio de los sentidos. No solo los personajes, incluyendo al famoso escritor, lo utilizan para escudriñar los secretos y misterios del Momento, sino que el mismo Dick lo utilizó a la hora de escribir este libro. La doctrina del taoísmo y el perpetuo devenir de la fluidez del Ying y el Yang, el devenir uno en el otro, la perpetua danza de la luz y la oscuridad y su continua reversión, no deja de ser una poderosa herramienta para intentar comprender los avatares de las vidas humanas. Lo verdaderamente interesante es que Dick haya puesto esta antigua doctrina al servicio de lo literario, para construir un mundo ficticio que sacude los cimientos de sí mismo y en el mismo movimiento sacude el nuestro, haciéndonos volver a esa insidiosa pregunta que comentaba al principio: “¿Qué hubiese pasado si…?”

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